Por Javiera Muñoz

Lleno de vitalidad, Jorge Pulido, más conocido como “El Campana”, no pasa desapercibido. Se le puede encontrar cada fin de semana en el persa Biobío, en su puesto llamado “La Picá del Grabado”.

Llama la atención encontrar a un personaje que se dedica a la técnica del grabado de manera exclusiva, técnica que tiene como principio básico obtener una estampa o ejemplar por impresión de una matriz. Grabador desde 1985, comienza su oficio como alumno del antiguo Instituto Arcis y luego en el Taller de Artes Visuales (TAV). Desde este taller, “El Campana” continúa la tradición de sus maestros Carlos Donaire y Guillermo Frommer. Éste último participó indirectamente de esta conversación que les presentamos a continuación. Entre risas y chistes, estuvimos en el taller donde ambos trabajan, conociendo la historia y quehacer de “El Campana”.

¿Cómo llegaste al grabado?

Yo entré el año 85 a estudiar la carrera de Bellas Artes al Instituto Arcis. En esa época, dentro de la carrera de Arte estaba el ramo de Grabado. Entonces llegué como un alumno del Arcis al Taller de Artes Visuales (TAV). En esa época el Instituto Arcis lo arrendaba porque no tenía taller de grabado propio.

¿Cómo fue que el grabado te enganchó?

Primero me engancharon los profesores, con su calidad humana. Uno venía de profes más fríos y aquí encontré profesores que uno los veía crear, desarrollar su obra. De la técnica del grabado me gustó la precariedad, que con pocos recursos podías hacer arte. De aquí no me fui más, me quedé haciendo aseo, limpiando baños, para quedarme haciendo grabado, haciendo contratos de ese tipo. Ahora es mío, puedo echar a Frommer cuando quiera (ríe y bromea).

Primero hice cursos de grabado como alumno, como todos, y después me nombraron alumno ayudante con el maestro Frommer. Unas técnicas las estudié con Donaire y otras con Frommer. Encontré en la xilografía el mejor medio para desarrollar mi lenguaje gráfico. En paralelo trabajaba en pintura y como editor de grabado en litografía y como ayudante de Frommer en una galería.

De alumno pasé a alumno-ayudante, a ayudante, a profesor y después, a cesante.

-Todo lo que dice es mentira, bromea Frommer.

Todos ríen.

-Lo rico de contar historias es que los artistas pueden fantasear e inventar todas sus historias, dice Frommer.

La clásica historia del ayudante que supera al maestro, dice Campana.

Todos vuelven a reír y volvemos a la entrevista.

¿Cómo llegaste a desarrollar la famosa Picá del Grabado del persa Biobío?

Antes vendía independiente, y vendía más caro. “La Picá” nació el 2011. Tenía un amigo, que se recuperó de un trasplante de hígado. Tenía la necesidad de trabajar en algo. Ahí yo le dije que en el persa Biobío se vendían grabados, que podía probar, que yo le podía pasar grabados, que hiciera una especie de galería, que arrendara un local.

¿Y así fue?

Primero se fue a poner a la calle, con un carpeta. Un día llegó diciendo que había arrendado, que el sábado se tenía que instalar. Mi idea era pasarle algunos grabados, pero le dije que los primeros fines de semana le iba a ayudar y me quedé como una especie de co-dueño. Fue súper entretenida la relación con la gente, con los vecinos, con los locatarios.

Ahora soy catalogado como personaje típico del persa. ¡Yo no soy típico! Llevo sólo seis años. La relación es muy rica, cercana, divertida. Mucho humor. Alegría de la gente, del chileno, y se ríe. La chispeza… Nos sorprendió que mucha gente sabe lo que es el grabado, a través de la Lira Popular y de Santos Chávez. A muchos estudiantes les enseñan en el colegio y ellos a su vez le comentan a sus papás.

¿Me puedes contar un poco de tus exposiciones?

No busco exponer mi trabajo, más bien expongo todos los días en el persa. No tengo la necesidad de buscar otros lugares, pero cuando me invitan a exponer a otros lados, igual participo. No sólo en Chile, sino que también en el extranjero. Hay miles de circuitos donde se mueve el arte. “La Picá” fue crear el propio circuito para exponer y  vender y no depender de los circuitos tradicionales.

Volviendo a Taller de Artes Visuales, ¿cómo es su dinámica y por qué se caracteriza el TAV?

La impronta política y espiritual del TAV la puso Carlos Donaire. Básicamente es una visión con harta conciencia social. En una época lo esencial del taller era recibir a gente que no tenía posibilidades de hacer/aprender grabado en otros lados. Más que captar artistas profesionales era recibir a la gente que podía aprender el oficio, ese es un sello donairiano. Después fue cambiando, a su concepto original de ser un taller donde artistas desarrollaran su obra, pero aún conservamos el buen corazón donairiano. El taller no ha tenido fines de lucro más que pagar los gastos básicos.

¿Cómo es tu relación vital con el grabado?

Me he dedicado a esto toda mi vida. Tuve la autodeterminación, conociendo los riesgos que conlleva, sobre todo los económicos. Nunca garzoneé y en este aspecto, Frommer hizo algo por mí, me dio pega.

Yo le di pega interesadamente -comenta el maestro Frommer- porque yo trabajaba y me entretenía el Campana, con sus historias de cabro chico, que no lograba estar quieto ni un minuto. Yo creo que el ritalín le hubiera hecho bien– y ríe.

Por eso me considero un tipo afortunado. Fue una decisión mía, lúcida, y esa decisión la tomé muy joven, de dedicarme sólo a esto y a nada más. Ni siquiera sabía en qué me estaba metiendo. Estudié arte porque era lo que quería hacer desde la infancia, opté por no preocuparme de eso y confiar en mi autodeterminación.

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