Mi nombre es Paloma Amaya, tengo 34 años y soy guionista, ilustradora y ceramista. Actualmente mi mundo gira en torno a todas las cosas que mencioné, pero sin duda la cerámica y la ilustración son las que tienen más protagonismo en mi vida en estos momentos.

Hace un par de años, después de experimentar por mí misma con distintos materiales, llegué a la cerámica y me enamoré de ella.

Yo había terminado recién de estudiar ilustración y, cuando vi que podía volcar mis ideas y dibujos en este material, encontré un lugar mucho mas amable y libre de las presiones que alguna vez sentí cuando estudiaba arte o teatro. Los conceptos fluyeron mucho más fácilmente, porque era algo que me permitía ser libre de hacer cosas en el minuto en que se me ocurrían, sin preguntarme constantemente “¿por qué estoy haciendo esto?”, por ejemplo.


La cerámica es el arte de fabricar objetos de arcilla u otro material cerámico, la cual una vez modelada y secada adecuadamente, se cuece a temperaturas superiores a los 500ºC, llegando incluso hasta 1.200ºC, dependiendo del tipo de barro que se utilice. El resultado es una diversa variedad de piezas u objetos que pueden ser de terracota, alfarería “de basto”, de loza y de distintos tipos de porcelanas.

En el mundo, la cerámica tiene siglos de antigüedad. Es fascinante ver lo presente que ha estado en tantas culturas, muy distintas, diversas e incluso distanciadas geográficamente, y cómo en sus diferentes versiones refleja parte de la historia de cada una de ellas.

En Chile, por ejemplo, está la cultura pitrén, que es un complejo cultural agro-alfarero temprano de Chile. De esta cultura hoy sólo quedan las tumbas que dejaron, de las cuales se conservaron únicamente las ofrendas de cerámica que hasta hoy continúan trabajando para objetos utilitarios o ceremoniales en base a barros y pigmentos naturales.

Personalmente, hasta el momento he trabajado con pastas gres, greda, terracota y porcelana, cada una con sus propios pasos y procesos. Hay muchos y distintos tipos de barros para trabajar. Pero sea cual sea el que se elija para empezar, todos los objetos que se realizarán con ellos estarán sujetos a reglas y pasos que es indispensable respetar para que así surja lo mejor de los materiales involucrados. Sin embargo, esto no quita la posibilidad de experimentar y seguir investigando sobre la misma marcha.

Hay muchas técnicas para trabajar las piezas, así como máquinas, hornos artesanales, instrumentos y herramientas más o menos modernos para obtener distintos tipos de objetos. Pero lo fascinante de este material es que uno puede partir modelando instintivamente, sin valerse de más herramientas que las manos y la imaginación, o simplemente la necesidad de crear algo.

Se pueden realizar desde objetos minúsculos hasta grandes esculturas, y estas pueden ser toscas o minuciosamente trabajadas para lograr detalles casi imperceptibles. Es uno de los aspectos maravillosos de crear con este material. Todo lo que imaginemos con él es posible llevarlo a cabo en la medida que queramos comprenderlo en sus distintas composiciones, facetas y, sobre todo, respetarlo en sus más óptimas fórmulas para trabajarlo.

Actualmente, yo utilizo barros para modelar a mano, que van entre los 1.040ºC a 1.060ºC, los cuales están situados en el rango de baja temperatura, lo que me permite realizar objetos de tamaño pequeño o mediano en menos tiempo, y utilizar colores vivos y brillantes que a veces a mayor temperatura es más complejo de conseguir.

El tema de la temperatura es importante en varios aspectos, pero el principal es el tipo de resistencia que va a tener la pieza. A mayor temperatura, el objeto realizado tendrá más resistencia al paso del tiempo, los cambios de climas, etc.

Una pieza de cerámica, por ejemplo, puede ir hasta tres veces a quema, dependiendo del tipo de barro que se esté ocupando y también de los esmaltes o pigmentos que queramos utilizar para decorarlo.

Como pueden ver, trabajar requiere tiempo, pero sobre todo amor y dedicación, ya que en este oficio uno nunca deja de maravillarse ni de aprender. El proceso en su mayoría es pausado y exige dedicarse a él desde la tranquilidad para poder concentrarse y conectarse con lo que se está haciendo. Pero la recompensa de ver algo realizado por uno mismo es muy satisfactoria y casi mágica. Creo que esto pasa porque nos conecta con algo que está muy inserto en nosotros y que cada vez se ha ido desplazando por la sencilla inercia de avanzar e intentar obtener todo en el menor tiempo posible.

Para finalizar, me gustaría decir que dedicarme a la cerámica y vivir de ella me ha permitido entender más de mí y de mi cultura, y sobre todo del inmenso patrimonio que guardan los objetos a través del tiempo. Me hizo adquirir un compromiso personal de hacer que esto no sólo sea una moda que va y viene y que, ojalá, cada vez más personas lo valoren, lo aprendan y lo enseñen a sus amigos, a sus hijos o a quienes quieran. Y que nunca se pierda, porque través de los objetos también se cuenta parte de nuestra historia y sin duda podemos entender más de nosotros mismos.


Paloma Amaya, 34 años. Guionista, ilustradora y ceramista.
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