De tanto es tanto es bueno volver a revisar los textos que nos dejaron, como preciado tesoro, nuestros maestros y maestras. Esta semana queremos compartir con ustedes uno de nuestros textos de cabecera, que fue escrito por Gabriela Mistral el año 1927 y es parte de la selección de prosas y prólogos hecha por Roque Esteban Scarpa el año 1979 llamada “Grandeza de los oficios”.

Sabemos que a muchos la inmediatez de nuestra época apenas nos da tiempo para leer un texto de sólo dos páginas, como el que dejamos a continuación, pero creemos que vale la pena hacer el esfuerzo ya que está colmado de aciertos para pensar nuestro presente.

Que lo disfruten y les haga tanto sentido como a nosotros.


Sobre el Oficio

Gabriela Mistral

Que el oficio no nos sea impuesto: primera condición para que sea amado. Que el hombre lo elija como elige a la mujer, y la mujer lo mismo como elige al hombre, porque el oficio es cosa mucha más importante todavía que el compañero. Estos se mueren o se separan; el oficio queda con nosotros.

Solamente Dios es asunto más trascendente para el hombre que su oficio.

Andan muchos sintiéndose humillados en su profesión y pensándose superiores a ella. ¿Por qué no la dejan? La recogerán otros que le sean más leales. Cosa tonta vivir con rabia o desabrimiento en el lugar donde algunos pueden permanecer con alegría. Renegar del oficio en que se vive el día es ingenuo como renegar de la piel oscura; se le lleva sin remedio, por voluntad de Dios, si es vocación, por tonta aceptación nuestra si es accidente.

La mala distribución de los oficios —el que un carpintero esté encendiendo hornos y un peón nato, brusco, pesado y zurdo dé clases a los niños— viene a ser una de las primeras causas del malestar colérico que se siente en el mundo. Eugenio D´Ors, en páginas que le estimo mucho, habla a un niño de la villana deslealtad en el hombre que desdeña el oficio que le viste y le nutre. Detrás del vanidoso no está aquí sino el inepto. Cada oficio hace pirámide de valores. Los ápices son iguales y con idéntica suavidad tocan el cielo. Y los bajos de la pirámide, sean ingeniería zurda o clínica torpe, se quedan en unánime plebeyez; mal carpintero, igual a mal institutor y a mala confitera.

Nunca es tarde, antes de los cuarenta años, para cambiar de oficio. Se siente el miedo de descolgarse de la profesión en que ya se ha asegurado la plaza y quedarse unos años sin célula cierta en el que se va a ensayar. Para esto, buena es la práctica de algunos sagaces de cultivar paralelamente el que llaman oficio menor, o de prueba (de côté, dicen los franceses). Un intelectual (que suele no serlo) da una hora de la primera mañana o una de la tarde a la encuadernación o a la jardinería, o un taller de electricista. Si lo hace como tanteo para reconocerse capacidades, se desengañará, o se afianzará en el oficio segundón, hasta que llegue el momento de dar el salto sin ninguna angustia. Si toma el aprendizaje por alivio de sus sesos simplemente, también resultará de ello beneficio; se hará con estas horas de ojo vuelto hacia actividad diferente y opuesta, una especie de desinfección de su vida mental. Porque cuando la profesión se vuelve vicio en nosotros, hasta el punto de que el maestro de escuela acaba por no ver el mundo sino en pedagogía —y sólo en la suya, lo que es peor— o al político se le vuelve la vida pura malicia baja y jugarreta electoral, la extensión, digamos la inundación del oficio, para en calamidad. Así fue como Felipe II acabó por sentir el reino primero y el mundo después, en patronato eclesiástico, y cómo miran su tierra y la tierra en guerrilla matonesca, porque ellos son matones de huesos y piel, algunos jefecillos de países nuestros.

Hacer el carpintero, o el curtidor, y hasta el zapatero como Tolstoi, unas horas a la semana, se vuelve salubre, crea más ancho contacto con las gentes, equilibra y humaniza muchísimo.

Inténtese cualquier ensayo, cualquier aventura, para no continuar en el engaño del falso oficio, que nos dio un padre vanidoso, nada más que por ser el suyo o que nosotros cogimos aturdidamente

Inténtese cualquier ensayo, cualquier aventura, para no continuar en el engaño del falso oficio, que nos dio un padre vanidoso, nada más que por ser el suyo o que nosotros cogimos aturdidamente, y por pereza dejamos sobre nosotros como el hongo muerto.

Son tan raros el hombre y la mujer domiciliados en oficio legítimo, que llega a parecernos suceso toparnos con ellos. A mí se me hace una fiesta verdadera mi encuentro lo mismo con el herrero que con el medico genuino. No puede creerse en una naturaleza tan estúpida que sólo logre hacer diez artesanos en una comunidad de obreros; aquí como en todas las cosas es la vanidad quien anda torciendo realidades y volviéndonos la vida necia o infecunda.

Si viviéramos los tiempos de Esparta dura y neta, se merecerían una corrida de baqueta en plaza pública, como represalia del Estado, la legión de padres insensatos que dan a los países, en sus hijos, los falsos constructores y los falsos marinos, y los falsos maestros… y los falsos abogados cuya abundancia hace horizonte como la hierba y se come sin beneficio la noble fuerza del suelo americano.

Pero no estamos en Esparta y el oficio artificial viene matando las corporaciones y tornando estúpidas las comunidades en que uno es el nombre y otro el hombre. Se dice “profesor” y hay que hurgar debajo de eso; se dice “licenciado”, y lo mismo: porque el nombre desde hace tiempo ya no expresa sino una pretensión insolente, ni siquiera una aspiración ardorosa.

Fontainebleau, junio de 1927.