VERÓNICA ARÉVALO GUTIÉRREZ

Inicio esta columna señalando que la definición de lo tradicional siempre resultará conflictiva y no debemos temerle a eso. Tradición, cultura, comunidad, identidad colectiva, patrimonio cultural son conceptos en disputa cuya construcción de significado debe ser lo más participativo e inclusivo posible para que sean herramientas de buen vivir. Las notas que aquí se comparten son frutos de conversaciones con distintos cultores que han sido reconocidos en sus territorios como poseedores de un oficio tradicional y que hoy son parte de iniciativas que velan por su reconocimiento, transmisión y fortalecimiento.

Sobre el primer punto vinculado al reconocimiento, es importante señalar que existe una errada idea de que aquellos provenientes de instituciones son más válidos o indiscutibles que aquellos provenientes de la ciudadanía. Ambos son igualmente legítimos (y potencialmente cuestionables sí se desea) pero ofrecen distintas herramientas para poder trabajarlos desde su valorización. Así, los reconocimientos institucionales deberían aportar con un compromiso a largo plazo acompañado de un plan de trabajo y recursos vinculados para la permanencia del oficio, junto con otras acciones para enfrentar de forma conjunto obstáculos que pudieron haber aparecido y que dificultan su ejercicio, muchas veces provenientes de la propia institucionalidad.

Sobre esto último, podemos mencionar en el ámbito culinario las resoluciones de higiene que suelen ser factores que complican ciertas prácticas de manipulación de alimentos como la elaboración de charqui; los permisos en el espacio público para aquellos que desempeñan su oficio como los organilleros y las restricciones de aduana para quiénes traen productos de países vecinos como las hojas de coca.

Para poder generar planes integrales de salvaguardia, los gestores de acciones de reconocimiento debemos tener presente que los oficios son parte de una red compleja de saberes y prácticas sociales, que se encuentran imbricados con los contextos territoriales, económicos y simbólicos, cuya identificación total corresponde a uno de los grandes desafíos de esta labor. Por ejemplo, identificamos el oficio de artesanos tradicionales rescatando técnicas y materialidades, pero ¿de dónde sacan los elementos que transforman? ¿Cómo se ve modificado en su esencia el acto alfarero si reemplazamos el barro extraído del propio lugar por uno comprado en librerías? ¿Cuáles son los tiempos del quehacer del oficio y sus espacios? ¿Y cuáles son las relaciones familiares y comunitarias que se conforman en torno a este oficio?

Andrés Cuyul(*) realiza una evaluación crítica de la implementación de un modelo de salud intercultural instalado desde el aparato estatal que ha generado diversos problemas como la estandarización de las prácticas de salud mapuche, el cambio del escenario de sanación a un box y el reemplazo de las lógicas de retribución por una racionalidad neoliberal, entre otros. La problemática que el autor señala se relaciona con un reconocimiento parcial de lo que implican los sanadores tradicionales en el pueblo mapuche.

Sobre el segundo punto, es importante evaluar cuáles son las condiciones de transmisión actuales de los oficios. Por ejemplo, en muchas comunidades de pueblos originarios las migraciones a la ciudad transformaron o directamente desarticularon líneas de transmisión familiares. Reconstruir estas redes debe considerar el presente urbano o tránsitos urbanos-rurales de los aprendices de oficio.

Por otra parte, existen iniciativas interesantes de la inclusión de programas de formación en oficios en universidades. Dos de estas experiencias son el plan de estudios de lutheria en la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina y de técnico universitario en partería profesional con enfoque intercultural, iniciativa de la Universidad Galileo y la Asociación Corazón del agua en Guatemala. Ambas han sido producto de la valorización de estos campos por parte de instituciones educativas de nivel superior como ámbito de un saber sistematizado y cuya expertiz requiere un abordaje formal. Lo relevante es que estos espacios coexistan con otros de educación social (mal llamado informal) y no se vinculen con ellos de forma asimétrica.

Así también me parece pertinente compartir la reflexión de una cultora sobre el aprendizaje vinculado a la vida cotidiana en espacios abiertos y en cualquier momento del día. En este sentido el peligro de la “escolarización” de todos los saberes para ser transmitidos es un riesgo latente, ya que sin desconocer que la escuela es un espacio fundamental de educación para las nuevas generaciones posee dimensiones como los horarios de clase y los calendarios, el rendimiento por calificaciones y normas de comportamientos restrictivos (por ejemplo, el acto de ensuciarse, de estar de pie y de cantar/escuchar música) que no son compatibles con el aprendizaje de oficios cuyos tiempos, espacios y dinámicas suelen ser personalizados y construidos desde otras lógicas. La escuela tiene una oportunidad al incluir la enseñanza de oficios de modificar sus propias pautas, pero cuando no es capaz de flexibilizar sus estructuras la enseñanza de oficios replica pautas que finalmente perjudicarían la médula de su transmisión.

Finalmente, sobre los proceso de fortalecimiento (que no son excluyentes con respecto a los otros puntos) solo queda señalar la importancia del trabajo participativo vinculante con los cultores, aspecto que puede resultar complicado ya que demanda ritmos de trabajo y generación de productos distintos a los que se establecen desde las instituciones, sin embargo es esto lo único que garantiza que las medidas a realizar sean pertinentes, sustentables y realmente logren el objetivo por el cual trabajábamos: la existencia de distintos modos de conocer, hacer y concebir que son gestados y gestores de cultura.


* “Salud intercultural y la patrimonialización de la salud Mapuche en Chile” en Ta iñ fijxe xipa rakizuameluwün: Historia, colonialismo y resistencia desde el país Mapuche, 2012: Santiago de Chile.