El tallado del tiempo.
Sobre los Alebrijes de San Martín de Tilcajete.

Por Pablo Marchant y Javiera Naranjo

 
Las ideas, al igual que los afectos y las imágenes, necesitan tiempo para desbastar su forma. Su existir está determinado por el cambio, permanente transformación. De igual modo, fugaz y a destiempo, quienes participamos de este registro nos acompañamos en el hacer, aunando primero buenas intenciones seguidas de una gran curiosidad. Transcurrieron cuatro años hasta que estos sonidos, textos e imágenes fueran desarchivadas y varixs los que de alguna manera participamos para llegar a este resultado, dejando llevar las ganas por los ritmos que más nos acomodaron.

Más profundo que el resultado publicado está la experiencia del recorrido de personas que quisieron trabajar en un registro conjunto, lleno de primeras experiencias y entrega al ritual del hacer, guiados por una idea que persistió en el tiempo: mostrar de qué trata el mundo de los alebrijes, quiénes son sus creadores y qué significado tienen para la comunidad que los construye.

Quizás sea este fluir el que nos emparenta al trabajo de creación de los Alebrijes, nuestra propia artesanía colectiva, hacer sin saber cómo terminará, pensar idas posibles que en manos/ corazones de otrxs se van desanudando y tomando forma.

I.

El oficio de hacer Alebrijes se teje acercando al corazón para hacer coincidir los pulsos; tramado entre hilos no visibles se conecta la creatividad, con las posibilidades de los cuerpos y la red que constituye su quehacer. Estas figuras de madera tallada y pintadas a mano, cuentan sueños y antiguas historias de origen mexicano. Cada pieza, creada comunitariamente en los talleres, transita por las manos de maestros talladores, curadores de copal, aprendices y pintores que con pigmentos naturales colorean degradaciones y patrones tradicionales zapotecas. Su trabajo impresiona, deslumbra y emociona, pues la labor colectiva tiene como resultado piezas de una belleza que en cada detalle reflejan el tiempo y dedicación dispuestos para su nacimiento.

Su raíz habita lo popular a través de la vida de Pedro Linares López, artesano cartonero que en la década de los treinta, tras enfermar entre ensoñaciones y delirios, dio origen a figuras imaginarias construidas en cartón que luego pintaba con colores saturados y brillantes. El río de estos seres fluye también de la mano de Manuel Jiménez Ramírez, artesano originario del pueblo de San Antonio Arrazola, quien a través de piezas talladas en madera comienza a representar la tradición de la cultura Nahuatl, entrelazados al tradicional relato de animales de poder llamados Tonas y Nahuales.

Los nahual son animales espirituales sagrados de tradición mexicana, asociados al día y año que nacen las personas, transformándose en su protector y determinante de la personalidad. Mientras que los tonas son los veinte animales que representa el calendario zapoteco, del que existen registros desde el siglo XVI. A la llegada de los españoles ya se pintaban esculturas que representaban los seres del calendario Azteca. Trazándose un vínculo directo que conecta este hacer con una larga memoria que se trama entre comunidades zapotecas y las culturas mesoamericanas.

El pueblo de San Martín de Tilcajete se convierte así en un portal del tiempo, al sur de la ciudad de Oaxaca, luego de cuarenta minutos de recorrer los valles, encontramos la práctica viva de un oficio en manos de numerosxs artesanxs. En este pedazo de tierra se asientan la mayor parte de los talleres familiares que dedican su vida al tallado y pintado de figuras que hoy por el mundo son reconocidas como Alebrijes. Hemos hecho un alto en el taller de María y Jacobo, espacio que después de veinte años de intenso trabajo se ha convertido en una verdadera escuela del oficio, donde llegan a aprender jóvenes tanto del tallado como de la pintura. Su objetivo no es sólo producir, sino también enseñar, innovando en nuevas prácticas y resignificando otras que se habían desarrollado en la localidad antiguamente.

En el taller brota una especial dedicación que tallando da forma a Alebrijes, haciendo presente a los animales de poder que intentan representar. Los hombres y mujeres que los construyen transitan entre mundos, dialogando con espíritus que esperan acompañar y dar fuerza a nuevos cuerpos entre colores y símbolos. El hacer se convierte en resguardo, guardianes de energías poderosas que hacen carne la personalidad de cada uno de los animales que se simbolizan.

II.

Los animales se volvieron autónomos en lo estético, su función genera un movimiento que se fracciona, ocultándose una porción ante las miradas superficiales. Presentados en vitrinas, acompañados de certificados de originalidad, la fuerza onírica e incognoscible que los vio nacer se esconde ante nuestra percepción. Irrespetuoso sería de nuestra parte hablar del desuso de las funciones que en un inicio los convocaron, más bien nos atrevemos a pensar que se escabullen a nuestra mirada, reservándose al lugar de lo íntimo, de lo que preferimos no preguntar. En silencio observamos, intentamos dilucidar las funciones espirituales que probablemente aún persisten entre los habitantes del pueblo y lxs trabajadorxs del taller con relaciones a las energías y fuerzas que resguardan los animales fantásticos y su representación a través de los Alebrijes.

Queremos creer que aún sobrevive obstinadamente una práctica que traspasa lo simplemente estético, en donde persisten implicancias simbólicas. Momento donde las manos y cuerpos que les dan forma se entregan a fuerzas naturales simbolizadas en animales que permiten entregar coraje, templanza y fuerza a los espíritus que los habitan para transitar por estos mundos.

A contrapelo de lo que propone el modelo económico y social imperante en toda América, el taller de María y Jacobo se presenta como una posibilidad de entender el hacer desde otros tiempos y ritmos. Confrontándose con la linealidad propia del capitalismo y su división del trabajo, construyen comunidad, formas alternativas de vivir en nuestro mundo. Coquetean con las posibilidades que el mercado les ofrece, pero persisten en construir sus realidades y ritmos propios, ritmos que probablemente han resistido en estos territorios desde antes de la llegada de los españoles.

Tenaces a luchar contra la deshumanización de la producción mercantil que existe en nuestros tiempos, resistiendo a la condena colectiva de un destino subordinado a las lógicas del mercado, el taller se presenta autónomo y vigente, dueños del control de su producción simbólica. Desde sus posibilidades presentes proponen un método de trabajo que logra interesantes resultados, el taller no es tan sólo un espacio productor de objetos a comercializar, sino que se vuelve un lugar de encuentro, aprendizaje y revitalización de su cultura.

Y es que en este taller sentimos que el tiempo se habita de otra manera, el cuerpo que da forma recorre el relieve propio de la trascendencia del ritual. La ética del trabajo que inunda cada uno de sus espacios hace que el aprendizaje se sitúe en la mirada y los gestos, en el agradecimiento silencioso y en el trabajo colectivo que va tomando forma ensamblándose para dar a luz los animales fantásticos. Los cuerpos resguardan prácticas colectivas que se traspasan en el compartir cotidiano, en esos espacios no entran las lógicas del capital, la resistencias de estas otras formas de entender el trabajo y el hacer están en la sangre, en el agua, en la memoria que los habita y deforma entre colores y símbolos.

Consideramos en este hacer una genuina práctica artesanal, entendida ésta como la elaboración manual de una pieza dentro de un taller colectivo que reviste ciertas posiciones de aprendizaje, para crear productos similares, pero nunca igualados unos con otros. Con machetes descubren entre las betas de la madera de copal figuras de animales y seres imaginarios que luego pintan detalladamente a mano con delicados pinceles. Así, a esta velocidad, niñas y niños crecen jugando en casas/talleres, aprendiendo a ver con las manos, en patios habilitados de mesas largas, repisas llenas de colores y tallados esperando nacer.

III.

La existencia del taller se vuelve un susurro de esperanza para quienes sinceramente creemos en otras formas de organización del tiempo y el trabajo, el hacer se comparte con otros cuerpos afines en relaciones de alegría y afecto. El lazo que se establece con las materias primas es profunda porque se entiende que son parte de un entramado más amplio, donde la madera tallada representa el árbol sembrado, y por tanto, las energías deben disiparse a diferentes lugares para que la creación de un objeto se convierta en expresión conjunta del territorio que los cobija, lo que los lleva a estar íntimamente comprometidos con el cuidado de su biodiversidad.

El trabajo que existe tras cada Alebrije permite cruzar el umbral de la pieza individual para dar paso a una colectividad de materiales, afectos y tiempo. Su materia prima, el Copal (Burseraceae), es un árbol de crecimiento pausado. Enraizado a lo largo de las selvas bajas mexicanas, el viento del sur acompaña su crecer entre valles y sierras. Sus flexibles ramas viven cada año cuatro meses de intensas sequías, momento de desnuda madera en el cual se desprende de todas sus hojas y flores para esperar las primeras lluvias de temporada en los meses de mayo y junio.

Su madera blanca, húmeda y compacta al igual que su resina de olores cítricos, mantiene antiguos y tradicionales usos compartidos por quienes han habitado aquellas latitudes. En el caso de la madera, el árbol es cortado transcurrido cinco o seis años, momento en que inicia su madurez, para luego ser tallada por hábiles manos entre machetes, formones y cuchillos; las piezas que ahí nacen desbastando la madera se detienen ante el tiempo para sudar lo último de sus resinas, espera que dependerá de su dimensión y que puede extenderse por años donde serán acompañados por otros tallados hasta alcanzar el color hueso que los caracteriza y la liviandad adecuada para seguir su existencia en otras manos.