«El zapato es un arte, lo mismo que la pintura y la escultura. Entonces pongamos arte en esto. Hacer un zapato es lo mismo que hacer un vestuario, o un señor que canta, o un señor que escribe poemas».

Al llegar a la esquina de San Diego con Victoria, vemos una concentración de locales dedicados a la zapatería: suelerías, tiendas donde venden zapatos y reparadoras de calzado. Estas últimas conservan un estilo antiguo y, como en ellas se realiza trabajo manual, tienen el aspecto de talleres. Ahora bien, lo que predomina en el sector son las tiendas que venden calzado y que nada tienen de taller, pues están desprovistas de cualquier tipo de maquinaria y herramientas. Tras conversar con algunos locatarios, nos damos cuenta de que las fábricas que proveen a estos negocios de calzado no están en el barrio Victoria, sino en distintos puntos de la capital, como Estación Central, Quilicura o Pudahuel. En cuanto a las suelerías, son ellas las que suministran los insumos para la elaboración de calzado y, además de cueros y suelas, ofrecen pegamentos, hebillas, corchos, plantillas y otros materiales necesarios para la confección.

De todos modos, entre los locales del barrio todavía hay algunos que conservan el aspecto de talleres especializados en distintos oficios. Entre ellos están los aparadores, que son los que realizan todas las costuras necesarias para unir los cortes del cuero. Después están los cosedores, quienes se encargan de coser las suelas de los zapatos con grandes y potentes máquinas. También, dentro de los talleres de confección y reparación, hay dos máquinas muy importantes que sorprenden a cualquiera que sea ajeno al rubro de la zapatería: la primera, con el solo movimiento de una palanca, clava a presión cuatro clavos a la planta para unirla al taco; la segunda, más conocida como la pulidora, funciona con un motor que activa unas poleas para hacer girar un disco de pulido (los discos pueden tener diferentes grosores de lijas, dependiendo de cuán delicada sea la tarea).

 

 

Existe un local que concentra varias de estas máquinas: el Taller de Costuras Victoria #1087. Ahí conversamos con dos trabajadores: uno es el encargado de coser las suelas y el otro los cueros («costura blake» y «costura parchadora», respectivamente). Ellos nos cuentan que los que llevan más zapatos al local son los reparadores de calzado, pues, si bien realizan la mayor parte del proceso de reparación, no poseen la maquinaria necesaria para coser las suelas o poner un taco. En este taller también participan del proceso de confección de zapatos nuevos, que luego salen a la venta en distintos locales. Como en el barrio Victoria existe una gran separación del trabajo, el recorrido que realiza un zapato antes de estar listo para su venta al público no es menor. Primero se realiza el aparado, que es la unión de las piezas de cuero con costura. Una vez que el corte está armado, sin la planta, se arma en una horma, con plantilla, y si es necesario, se realiza el descarnado, que es el rebaje del cuero en los extremos para que, al doblarlo para pegarlo, no quede abultado. Posteriormente, se pega la planta y, luego, se retira la horma y se manda a coser el zapato a un local como el que hemos nombrado. Ahí recién el zapato está listo para ser vendido.

Después de recorrer varias veces el sector, nos damos cuenta de que no es tan fácil encontrar maestros zapateros, es decir, personas que realicen el trabajo de confección desde el principio hasta el final. Según el dueño de una suelería que lleva más de treinta años en Victoria, el barrio tenía antes más de cincuenta de estos locales con todos los insumos necesarios para la elaboración del calzado: «Era tanta la venta que tú no sabías a qué hora podías ir a almorzar. Llegabas y había cincuenta personas esperando a que los atendieran; la misma cantidad se mantenía todo el día. […] Era como un paseo Ahumada». Sin embargo, desde los años 80, con la masiva importación de calzado sintético ya confeccionado, la industria zapatera nacional entró en crisis y parte importante de las suelerías del barrio tuvieron que cerrar.

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Por recomendación de una de las personas que atendía una de las tiendas, llegamos al primer maestro zapatero que conocemos en Victoria. Tenemos su celular y su nombre: don Enrique. Lo llamamos y él accede sin problemas a que vayamos a su casa, que está ubicada en la esquina de Arturo Prat con Victoria. Se trata de un colombiano de edad avanzada que tiene en su casa su propio taller. Cuando entramos, todo está un poco desordenado y polvoriento. Vemos una máquina aparadora y dos grandes muebles de madera, muy simples, con estantes repletos de hormas, materiales, zapatos a medio hacer y algunos terminados. Enrique, como buen colombiano, nos recibe con un café y nos sentamos a conversar. En medio de sus historias nos profesa su amor por la zapatería, dice que es algo que lo apasiona y que no habría podido dedicarse a otra cosa. Aunque tuvo la posibilidad de estudiar distintas carreras vinculadas a las humanidades, no terminó ninguna y finalmente optó por dedicarse al oficio que le habían enseñado sus tíos cuando él apenas tenía doce años. Gracias a la confección de zapatos, nos cuenta, había podido viajar por distintos lugares —como Europa, Estados Unidos y algunos países de Latinoamérica— y mantenerse en cada uno de ellos. Hoy se dedica a confeccionar zapatos a pedido y si bien en estos momentos no hace mucho dinero, sí está satisfecho con su vida.

Muy diferente es la historia del segundo maestro zapatero que conocemos, al que también llegamos gracias a una recomendación (esta vez del dueño de una de las suelerías más antiguas del sector). Inicialmente no habíamos dado con este taller, pues se encuentra al fondo de un largo pasillo oculto entre dos puertas. A medida que caminamos por el lugar, empezamos a ver repisas con distintos modelos de zapatos. Al final, tras una puerta de vidrio entreabierta, vemos un taller muy amplio y a un caballero de edad trabajando; frente a él, un hombre adulto conversa con un adolescente. Golpeamos la ventana para anunciar nuestra llegada y nos hacen señas invitándonos a entrar. El señor que está sentado debe tener alrededor de cincuenta años, y su pelo canoso le llega hasta el cuello de la camisa. Le preguntamos si podemos conversar acerca de su trabajo, pero nos dice que se encuentra muy ocupado. Convencidos de que ellos son de los pocos zapateros que hay en el sector, pensamos que no podemos retirarnos sin antes hacerles, al menos, un par de preguntas. Por suerte, ellos se toman a bien nuestra iniciativa y aflojan el recelo que mostraron al principio.

El hombre que está sentado se llama Ricardo García y se dedica a la zapatería desde que era niño. Heredó el oficio de su papá, que es el caballero que está de pie cortando unas plantillas; él, a su vez, heredó el oficio de su padre. El papá de Ricardo, que tiene ochenta y dos años, nos comenta que el barrio Victoria es de zapateros desde que él tiene memoria: «Debe tener más de cien años siendo barrio de zapatería». También nos cuenta algunas historias de esa época, como que «los zapateros, antiguamente, se agarraban a combos con los panaderos, porque eran dos gremios que había y que de repente se encontraban». Ambos gremios se veían las caras en la plaza Almagro: «Ahí se juntaban los zapatero a tomarse un trago, a bailar y todas esas cosas».

 

 

Las técnicas que utiliza Ricardo para trabajar son herencia familiar. Cuando le preguntamos dónde consigue sus herramientas, nos dice que las compra y nos va mostrando una a una las que utiliza, hasta que llega a un martillo: «Este era de mi abuelo y este también parece que era de él», nos indica mientras levanta un segundo martillo largo y delgado: «Este es para clavar tacos, porque se mete adentro del zapato. La gente no sabe eso; los llevan a una máquina y ahí está el montón de viejos esperando a que les claven los tacos. Yo nunca he mandado a clavar un taco». Respecto a sus inicios como zapatero, Ricardo nos cuenta: «Yo me acuerdo que estaba chiquito clavando una suela en estas mesas. Y luego, «era lolo en la época de los hippies […] y me empecé a hacer las chalas y todas esas cosas. Después empecé a trabajar, pero, como te digo, saqué las manos así porque trabajé con pura gente del barrio alto» haciendo referencia a que tiene manos finas capaces de crear zapatos prolijos aunque los pedidos sean exigentes, como lo son aquéllos que le han hecho desde el barrio alto, a los que ha tenido que responder desde sus inicios. También nos cuenta que hoy el oficio de zapatero se está perdiendo «porque si tú tienes un hijo, tú no querí que tu hijo haga zapatos, no, tú querí que sea ingeniero, que sea técnico». Tras preguntarle si él opina eso respecto de sus propios hijos, nos confiesa que sí podría querer que fueran zapateros, «pero bien instalados, por lo que te digo, que esto va a ser carísimo» pues un zapato hecho a pedido y a medida va a ser cada vez más caro, pensando en que los maestros zapateros son cada vez más escasos.

Cuando le contamos que nos ha sido muy difícil encontrar maestros zapateros durante nuestro recorrido por el barrio, Ricardo asiente: «La gente viene para acá y descubre que nadie hace ninguna cosa». En ese momento nos lleva a un subterráneo lleno de hormas de distintos tamaños: «Por ejemplo, aquí llega mucho travestí… 46 de mujer, y ahí tení que tener hormas así, hormas grandes… aquí hay uno 48 de mujer, y te piden en taco alto».

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Después de esta visita, nos vamos pensando que quizás aún hay algunos maestros zapateros entre las tiendas. Así, y nuevamente por recomendación de uno de los trabajadores de una suelería antigua, llegamos a una tienda ubicada en San Diego, a una cuadra de Victoria. La dueña del local, tras conversar un rato, nos presenta a José Luis, a quien le subarrendaba un espacio. Se trataba de un señor de unos sesenta años, de contextura delgada, con el pelo largo y canoso amarrado en una cola y un tupido bigote. Él estudió diseño de calzado en Argentina porque no existía esa posibilidad aquí (hoy tampoco) y lleva más de treinta años dedicado con amor a la zapatería: «El zapato es un arte, lo mismo que la pintura y la escultura. Entonces pongamos arte en esto. Hacer un zapato es lo mismo que hacer un vestuario, o un señor que canta, o un señor que escribe poemas». A pesar de no hacerse millonario, José Luis dice que está conforme con su trabajo: «No creo haber podido elegir algo más hermoso que esto. Esto es muy lindo, esto de diseñar y crear tu arte, entregárselo a una persona y que te lo agradezcan o que el resultado de lo que tú diseñaste sea algo lindo… pucha, es súper gratificante».

José Luis, quien dice haber nacido en las cercanías del barrio, reafirma algunas de nuestras impresiones: «Antes, muchas de las tiendas que tú ves no existían. Siete u ocho años atrás no existían tiendas de calzado, solamente eran suelerías donde tú comprabas el producto bruto, llámese el cuero, la suela, la polanca, los insumos para hacer el calzado. […] Los talleres de confección de zapatos estaban hacia fuera del sector y vendían sus zapatos en la calle Franklin. Muchas de esas tiendas que estaban en el barrio Franklin se vinieron para el llamado barrio zapatero de Victoria, el barrio del calzado. Este era el barrio de la suelería, de la curtiembre, donde tú comprabas en bruto. Ahora no, ahora hay muy pocas suelerías».

 

 

Finalmente, nos encontramos con quien dice ser de los primeros en el barrio Victoria. Se trata de don Lalo, un señor de unos setenta años, a quien le faltan algunos dedos de la mano por el trabajo con las máquinas. Es un hombre simpático y de muy buena voluntad. Don Lalo es dueño de una tienda de insumos, donde vende hormas, y, desde 1962, de una tienda de máquinas importadas para la zapatería. Él nos cuenta que se ha cambiado de local varias veces, pero siempre dentro del barrio. Dice que hace cincuenta años lo único que había era una suelería, la «Suelería Linares», nada más. Después de varios años comenzó a llenarse de suelerías que abastecían a los zapateros de distintos sectores; incluso algunos que venían de regiones a comprar a Victoria. Don Lalo fue dirigente de los pequeños industriales y por eso sabe que habían mil seiscientos noventa y tantos maestros zapateros en Chile, de Arica a Punta Arenas, que venían a comprar insumos a Victoria. Sin embargo, con el zapato extranjero muchas suelerías quebraron y sólo hace diez años comenzaron las primeras tiendas de zapatos. Ahora él nos muestra las impresionantes máquinas que trae desde el extranjero, de Alemania, de China, de Brasil. Dice que las mejores son las de Alemania. Sus clientes están en todo Chile, porque él está en internet (su hijo lo ayuda con eso). Aunque no vende lo mismo que antes —cuando había más de mil zapateros—, aún se mantiene con su negocio.

Con esta última conversación reafirmamos lo que veníamos pensando sobre el barrio. Si bien tiene una larga historia relacionada al rubro de la zapatería, ha sido erróneamente ligado a la fabricación de calzado y mal entendido como el barrio de los zapateros. De acuerdo a lo planteado por las personas que conocimos, Victoria era el sector donde se encontraban la mayor concentración de suelerías en Chile, con los más diversos insumos para la elaboración de zapatos. De ahí que históricamente los zapateros, tanto de la capital como de provincia, visitaran el barrio para hacerse de lo necesario para desarrollar su oficio.

La orientación original del barrio se ha visto mermada por la llegada de productos extranjeros, principalmente provenientes de China, y el sector ha mutado en respuesta a las nuevas demandas; es por eso que lo que más se ve hoy en día son tiendas de ventas e insumos. Sin embargo, también hay maestros zapateros, aunque pocos. En los que pudimos conocer, encontramos amor y satisfacción por su trabajo. La posibilidad de innovar y ser creativos, que les da este oficio, hace que la actitud de estos maestros sea más que nada de orgullo.