Entre 2016 y 2019 funcionó la Escuela de Cerámica, un espacio de trabajo y de hacer colectivo, sostenido por artesanas de manera cooperativa en la localidad de Nono, valle de Traslasierra. Durante tres años llevaron adelante las tareas de producción, gestión, investigación y (de)formación en torno al oficio de la cerámica y la alfarería local.

Por Débora Cerutti desde La Tinta

 


“¿Dónde aprendió el oficio, Alcira?

“Y mire. Tanta era la falta que me hacían tantas cosas, que yo empecé por hacerlo. Primero las ollas de mazamorra, después los cántaros y el brasero. No tenía donde poner la pava y me puse a hacerlo. Me salió alto como una campana. Todo lo fui mejorando. Una misma se da cuenta como puede ser”.

(Entrevista a Alcira López en Ceramiqueros de Traslasierra)

 

Un hombre se asoma por una ventana en una casa de barro. A su lado se ve una estatuilla de una persona a caballo. En la escena siguiente, se ven gallinas picoteando el piso, entre ollas y vasijas. Las imágenes en blanco y negro continúan mientras se empiezan a escuchar los sonidos de pajaritos y se ve una mujer moldeando la arcilla, mientras el hombre que se había asomado por la ventana toma un mate y un niño aparece frente a cámara sosteniendo un canasto lleno de cerámicas.

Así comienza Ceramiqueros de Traslasierra, documental realizado por Ana Montes y Raymundo Gleyzer en el año 1965 que registra parte de la historia del valle cordobés: el territorio, los rostros y el testimonio de ceramistas y alfareras en Traslasierra.

Un oficio transmitido de generación en generación que tiene sus orígenes en el pasado comechingón de este valle ubicado en el oeste de la provincia de Córdoba. Tras la colonización, el oficio sobrevivió, se siguió aprendiendo y transformando en las manos de las pobladoras transerranas.

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Hoy, esta historia es recuperada y actualizada por gente que nació y se crió en el valle de Traslasierra y también por nuevos habitantes que vinieron de distintos rincones del país. Así, Majo, Sol, Pancho, Amalia, Juan, Laura, Ariel, entre el año 2016 y 2019 sostuvieron una experiencia colectiva vinculada a este oficio: la Escuela de Cerámica, un espacio organizado de manera cooperativa que buscó abrir el conocimiento del oficio al valle y transformarse con la energía del lugar: “es un oficio muy antiguo que se conecta con la tierra, con el fuego, con los elementos, que es muy trabajoso pero es sencillo a la vez. Todos los pueblos antiguos fueron ceramistas o alfareros. Es un oficio inherente al ser humano”, dice Majo.

Dime de qué río vienes

La extracción de la arcilla en el valle de Traslasierra, tiene mucho de la configuración de los ríos y de cómo los ríos cambian en los distintos momentos. De lo cíclico. De los minerales de cada lugar. El proceso de elaboración de la cerámica, afirma Sol, implica no sólo el hacer, sino también las tareas de recolección e investigación de la materia prima: “vas a un lugar y la arcilla es de una forma, tiene un color, un aspecto determinado. Vas a otro, al lecho del río y es distinta, vas al otro lecho del río y es distinta. Se trata de investigar el oficio además de hacerlo”. Esto permite también diferenciar la tierra que se usa: “en cada momento que recogés barro de un lugar, inicias una investigación particular para usar ese barro. El aprendizaje es constante”, continúa diciendo.

Como Escuela de Cerámica, lograron un amplio conocimiento de las arcillas locales a partir de recorrer varios ríos del valle de Traslasierra. Esto permitió trabajar en diferentes piezas, de distintas maneras. Diferenciar colores, cantidad de materia orgánica en una u otra arcilla, formas de trabajarla. Un territorio que fueron cartografiando mientras está en permanente movimiento.

Formarse y deformarse

Ariel, Majo, Sol, Laura, juegan con la palabra formación y deformación. Hablan de un oficio en transformación: como la arcilla, conocer y encarnar ser ceramista es un proceso en constante movimiento. Al respecto dice Ariel: “Uno va experimentando porque le gusta y también porque es inherente a la materia. Uno no se forma y arranca a trabajar y ejercer. Sino que casi te diría que el 90 por ciento de las personas que hacen cerámica, mientras arrancan a estudiar o prepararse o a formarse ya están laburando. Vas encontrando un punto entre ser trabajadores, aprendices y eso una constante y vuelve todo más interesante”.

Laura cuenta que su transformación a partir del contacto con la arcilla, comenzó siendo accidental: “Me encuentro con la cerámica a partir de que empecé a laburar en un taller de producción en Junín, Buenos Aires. Y aprendí así, sobre la marcha lo que tenía que ir haciendo para cumplir con pedidos. Me prendí fuego. Me pareció un oficio hermoso que no tiene mucho que ver con mi formación académica en Comunicación comunitaria, pero sí me pareció sumamente afín, a lo que yo sentía, a las cosas que me gustan, a rescatar oficios ancestrales, de ese contacto con todos materiales nobles y que están a disposición de algún modo. Todo probé sin saber nada, arriesgándome a lo que a mí me parecía”.

Ariel destaca lo particular de hacer cerámica en el valle de Traslasierra. Para él, haberse mudado con su oficio de ceramista desde la ciudad (donde salir a investigar le implicaba tomarse un colectivo desde su casa hasta un distribuidor para comprar los materiales ya embolsados, extraídos y procesados), la investigación es  motora del hacer: “vivir aquí, es saber que te vas a tomar unos mates al río y hay arcilla al lado tuyo. Cambiás de lugar hay otro material, está la leña, está el barro que es menos plástico para hacer cerámica pero sí te sirve para hacer el horno. A mí desde mi persona, por ahí no lo veo como “estoy en tierra de ceramistas, tengo que hacer cerámica”. Soy ceramista, acá está la tierra, me está ofreciendo todo, lo tengo que hacer. No tengo chance de escaparme de eso”.