Entre los ritos cívicos de nuestro país se encuentra la parada militar, evento que cada 19 de septiembre incluye un momento en que un grupo de huasos y chinas (figuras que a lo largo de los años se han constituido como símbolos de la imprecisa identidad chilena) bailan un pie de cueca y ofrecen a las autoridades beber chicha de un cacho de buey. Esta práctica corresponde al repertorio de ceremonias y celebraciones campesinas que pueden tener su filiación en costumbres de pueblos antiguos del viejo continente[1]. Ahora bien, el cacho de buey empleado no solo es concebido como un objeto funcional, sino que en él también se distingue una dimensión estética: es pulido, decorado, manipulado por un artífice que lo transforma desde su condición inicial.

En el catálogo de la exposición “Hombres de la tierra: Presencia masculina en el campo tradicional chileno 1800-1950” del Museo Histórico Nacional[2], aparecen dos piezas que poseen diseños incididos en su superficie, incrustaciones y detalles como borlas:

Indagar en este oficio fue similar a armar un rompecabezas cuya totalidad desconocemos. Hemos identificado fragmentos que hablan del uso del cacho de buey en diferentes contextos y con fines disímiles, como el de contener líquidos para beber, el de instrumento musical o como materia prima para esculpir figuras. Cada uno de estos destinos requiere intervenciones específicas en el cuerno o asta.

Durante el siglo XVI, el cronista español Alonso de Góngora Marmolejo describió un intento de ataque sorpresa por parte de “los indios” en Andalién señalando:

“Y como los indios con ánimo de tomallos por desapercibidos se metieron tanto, fue un hermoso recuentro y batalla para de noche, porque oir a los indios la órden [sic] que tenían en acaudillarse y llamarse con un cuerno (por él entendían lo que habían de hacer), y como sus capitanes los animaban y las muchas cosas que les decían”[1].

El viajero francés Amadée François Frezier, quien recorrió Chile y Perú entre los años 1712 y 1714, entrega mayores precisiones de un instrumento musical empleado por mapuches que incluye el asta el buey:

“Allí adornados con plumas de avestruces, flamencos i otras aves de colores vivos colocados alrededor de una especie de gorra, se pusieron a cantar al son de dos instrumentos fabricados con un pedazo de madera taladrado de un solo agujero, en el cual al soplar de un modo más o menos fuerte dan un sonido más o menos lento i agudo; se acompaña alternativamente con una trompeta hecha de cuerno de buei ajustada a la punta de una larga caña cuya embocadura tiene un estrangul que dá el sonido a la trompeta”[2].

Para que el asta sea capaz de generar sonido, requiere perforaciones y vaciados que permitan el flujo del aire, procedimientos que hasta hoy en día poseen varios pasos con el fin de evitar que el material se dañe.

Junto con los pueblos indígenas y campesinos, un tercer grupo que ha creado a partir de este elemento son los presos. Oreste Plath ha sido uno de los principales investigadores sobre arte carcelario en Chile y al respecto escribió:

“Este arte carcelario, en algunas de sus características, exhibe la exaltación de la materia prima humilde, como virutas de madera, varillas de mimbre, botellas, miga de pan, vidrios de colores, envases de conservas, aserrín con yeso, pasta de papel, alambre, cuernos, botones, pepas de melón y sandía (…) Estos materiales le ayudan a resolver el problema económico que la acarrearían materiales superiores”[3].

El autor agrega que trabajar con sobras, con lo que parece inservible, lleva a los presidiarios —que adquieren la calidad de artesanos— a buscar e inventar técnicas que les permitan modificar sus trabajos empleando instrumentos simples, como clavos, trozos de vidrio, pinceles.

Plath no se restringe a la descripción de estos oficios, ya que también propone interpretaciones. Puntualmente, sobre el uso del cacho de buey expone:

“En la interpretación de la naturaleza de algunas piezas, hay como un trasunto anímico, se refleja la angustia existencial, se ve la entrega del tema que llevan dentro, comunican su dramatismo (…) Cuernos grandes se transforman en pescuezos de aves de rapiña, que son figuraciones fálicas. La palabra cuernos, en la Sagrada Escritura, es muy frecuente y tiene sentido figurado para indicar gloria y poder. Poder y dominios perdidos. Se supone que en los tiempos antiguos los cuernos fueron representación de dignidad y poder, porque en ellos radica la fuerza de los toros. Pero, al burlado lo figuran con cuernos y se teme mucho que se le señale como cornudo”[4].

La anterior perspectiva, en que el asta de buey se convierte en un medio de expresión de emociones y pensamientos internos, había sido compartida por investigadores en el país vecino de Argentina. En el boletín del Museo de Motivos Populares Argentinos José Hernández, encontramos un artículo sobre una de las piezas de su colección, la cual corresponde a un “chifle” (instrumento musical). El autor del texto, Rafael Jijena, llama la atención sobre el diseño de decoración, que incluye motivos pirograbados antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos, “heráldicos e históricos, míticos y celestes”[5]. Uno de ellos es una sirena con un charango, el cual es vinculado con imágenes de origen español y apropiado en territorios de los actuales Perú, Chile y Argentina. Por otra parte, el motivo heráldico es el escudo argentino de la confederación, “óvalo rodeado de banderas, cañones y fusiles entre laureles”[6], lo cual permite plantear al autor que el objeto fue creado a mediados del siglo XIX.

Jijena escribe: “En lo que respecta al autor, solo podemos conjeturar que pudo ser un preso, acaso soldado, pues extraña que en tiempos en que el asta era tan abundante, se hubiera encerrado en un solo cuerno, y de los de tamaño menor, tanta cantidad y variedad de motivos, con evidente perjuicio de la composición y de los efecto del inciso”[7].

La apreciación declarada se refiere a los variados dibujos que el autor plasmó uno al lado del otro. El investigador finaliza su escrito con la siguiente declaración: “No pudo ser el frasco, a nuestro juicio, motivo de factura por encargo, ni prenda de obsequio, sino objeto de uso personalísimo, depositario de los pensamientos, los sentimientos y los sueños de su autor. Se nos presenta como los apuntes de su diario íntimo. (…) Vigor, color, gracias y movimiento, dentro de una gran espontaneidad, son los atributos de este artista del pueblo. Otros lo superan en composición y sentido del diseño. Ninguno en originalidad”[8].

Esta mirada que ensalza en rol creativo de los cultores de este oficio nos permite acercarnos de otro modo a la confección de piezas de cuerno, rescatando sus sentidos simbólicos. Esta perspectiva de análisis otorga un valor nuevo a los objetos como producto generado en entramados sociales, expresión de historias de vida y de conocimientos, a veces, subalternos. La escasez de estudios sobre este oficio particular es una invitación a reconsiderarlo como campo creativo y de saber.

 


 

[1] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575 (Santiago, Chile: Imprenta del Ferrocarril, 1862), 21.

Disponible en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-8223.html

[2] Amadée François Frezier, Relación del viaje por el mar del sur a las costas de Chile i Perú (Santiago, Chile: Imprenta Mejía, 1902),31.

Disponible en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-7807.html

[3] Oreste Plath, Arte Popular y Artesanías de Chile (Santiago, Chile: Museo de Arte Popular Americano de la Universidad de Chile, 1972), 39-40.

[4] Ibíd., 41-42.

[5] Rafael Jijena, “El chifle del Museo José Hernández”, Boletín del Museo de Motivos Populares Argentinos José Hernández (1951): 2.

[6] Ibíd., 4.

[7] Ibíd., 6-7.

[8] Ibíd., 7.