Un tema que me interesa hace bastante tiempo es la visibilización y difusión de saberes de sujetos que, en distintos momentos históricos, han sido o son subordinados. En el caso de la dominación colonial en América, desde fines del siglo XV a inicios del siglo XIX observamos que, junto con la instalación de un sistema político y económico, existió un despliegue de prácticas que buscaron lo que Aníbal Quijano llamó la colonización de las perspectivas cognitivas de los indígenas. Esta colonización se propuso la expropiación a las poblaciones colonizadas de sus descubrimientos culturales y la represión de las formas de producción de conocimiento, “patrones de producción de sentidos, su universo simbólico, sus patrones de expresión y de objetivización de la subjetividad”.

En esta oportunidad quiero compartir algunos elementos sobre los saberes asociados a los cuidados y salud del cuerpo que fueron disputados en el campo de la escritura.

Lo primero es que el registro de saberes indígenas de este ámbito fue una práctica presente en varios puntos del territorio ocupado por el imperio español. Por ejemplo, en el caso del Perú, encontramos descripciones en la crónica de Bernabé Cobo sobre el uso medicinal de la “piedra bezar”: “Porque conociendo todos los brutos animales, con el instinto que les dio el Autor de la naturaleza, lo que les puede aprovechar y dañar, luego que se siente herido o lastimado interiormente el animal que cría las piedras bezares, busca remedio para su mal en alguna yerba contra todo veneno (…) comiendo della; de donde les viene a las piedras bezares que de la tal yerba se cuajan el ser ellas antídotos de los venenos”.

Y párrafos sobre el uso de plantas en el texto del Inca Garcilaso de la Vega: “De la yerba o planta que los españoles llaman tabaco y los indios sairi, usaron mucho para muchas cosas. Tomaban los polvos por las narices para descargar la cabeza. De las virtudes de esta planta han experimentado muchas en España, y así le llaman por renombre la yerba santa”.

Lo primero que podemos mencionar es que este registro fue llevado a cabo por diferentes sujetos coloniales. En el caso de Cobo, se trata de un sacerdote español, por lo que realiza una lectura cristiana de los elementos de la naturaleza y sus virtudes. En el caso de Garcilaso de la Vega, sus referencias se insertan en un extenso retrato de la sociedad incaica y sus costumbres, por lo que es explícita la relación entre un uso medicinal y el grupo humano que desarrolló tal conocimiento.


Uno de los más hermosos documentos sobre plantas curativas y enfermedades a tratar con ellas es el códice Badiano, atribuido al médico indígena Martín de la Cruz, en México. En él se incluyen dibujos junto a explicaciones de los atributos y empleos de las distintas especies vegetales: Este tratado se escribió originalmente en náhuatl (lengua de los mexicas, en el actual territorio mexicano) y posteriormente fue traducido al latín. Este acto de traducción, para facilitar su difusión, expresa un interés social en su contenido que trascendió al propio pueblo mexica.

La posibilidad de que españoles reconocieran en los indígenas la posesión de conocimientos evaluados como eficaces corresponde a una interpretación cuyo fundamento se encuentra en los mismos textos generados por ellos. En el caso de Chile tenemos el siguiente escrito del padre jesuita Alonso de Ovalle: “Vi a uno de los nuestros a quién atormentaba mucho el mal de corazón y era menester andar siempre acompañado con otros, porque no se despeñase de los corredores y matase. Hiciéronse con él todos los remedios que la caridad religiosa y ciencia de los médicos pudo inventar, pero sin efecto, porque cada día crecía más la pasión y corría mayor peligro su vida; supieron los nuestros que a doce leguas de allí estaba un indio machi de mucha fama, inviaron por él, y informado de l[a] enfermedad, le aplicó de cierta yerba tanta cantidad como el tamaño de una uña, y echándola con un poco de vino, se la dio a beber, y fue de tanta eficacia, que le quitó el mal como con la mano y no le volvió más todo el tiempo que le conocí”.

Aquí se manifiesta una valorización de un saber hacer específico de un machi, es decir, una jerarquía del grupo colonialmente subalterno. Ovalle continúa escribiendo: “Aunque, como digo, son los indios tan cerrados en no querer comunicar la ciencia que tienen de las yerbas, sin embargo, obligados de buenas razones y de la amistad con que algunos les saben ganar, comunican siempre alguna cosa, y con el tiempo y experiencia saben ya tantas, que si yo quisiera referirlas fuera menester hacer un libro de sólo esto”.

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Posteriormente describe el uso de hierbas como quinchamalí y culén. El hecho de emplear estos nombres y no adjudicarles uno nuevo nos sugiere la idea de que tras estos saberes las sociedades indígenas entregan una naturaleza domesticada, dotada de significados y reconocida desde categorizaciones. Sin embargo, en algunos casos también estamos frente a prácticas de apropiación, pues no siempre es el indígena el agente que recoge la hierba y la prepara como medicina: “Contóme el capitán Sebastián García Carreto, fundador de nuestro noviciado de Bucalemu, que yendo por el campo embistieron a un perro que estimaba mucho, otros cimarrones, de los que andan por aquellos montes a sus aventuras, que le salieron al camino, y mordiéndole unos por un lado y otros por otro, le dejaron hecho pedazos y degollado de una fiera herida que le hicieron en la garganta; cuando llegó este señor a socorrer su perro era ya tarde, porque estaba sin dar señal de vida. Lastimado con la pérdida de su prenda, por el amor que le tenía, se apeó, y a la ventura, cogiendo unas hojas de esta albahaquilla [culén], que se topa a cada paso en los campos, la machacó entre dos piedras y, echando el zumo en las heridas, tomó un puño de ella y le entró dentro de la herida de la garganta, y fuese lastimado de dejar al compañero tan sin esperanza de vida. Fue cosa maravillosa que a pocas leguas que había andado, volviendo acaso los ojos atrás, halló que le venía siguiendo su perro, el cual vivió después muchos años”.

En este fragmento podemos reconocer que Ovalle construye una imagen del machi despojándolo de su dimensión política y espiritual para constituirlo en simplemente un conocedor de hierbas. Las hierbas tienen cualidades intrínsecas y la autoridad del machi se sostiene en la exclusividad de su conocimiento; fuera de este ámbito, tal autoridad no es existe. Una vez que el conocimiento se extiende en la población, la figura del machi dentro de esta lógica es prescindible.

En esta línea, el documento del también sacerdote jesuita Diego de Rosales agrega otro elemento: el de la lectura cristiana de la naturaleza. El jesuita, al dar cuenta de los árboles y hierbas con usos medicinales, así como de manantiales con efectos terapéuticos de los que destaca su efectividad, expresa que: “En todas partes puso el Autor de la naturaleza en este Reyno, votica en los árboles y en las yerbas medicinales y enfermería donde sanen los incurables en los vaños”. Nuevamente se reitera la idea de las cualidades medicinales de las plantas como algo natural y que no se vincula con una acción humana especial que no sea el usarlas. Dentro de esta perspectiva, la eficacia de las hierbas y árboles no representa eficacia de los conocimientos indígenas en una asociación directa.

Con esta breve vista panorámica, deseo finalmente problematizar este registro de saberes, no solo como una acción situada históricamente en el período de conquista y colonia, sino también presente en la actualidad. Al desarrollar trabajos sobre saberes y prácticas, los investigadores deberíamos evitar replicar modelos de la colonización de las perspectivas cognitivas, estableciendo diálogos y no invisibilizando a los productores de conocimiento, a los cultores de oficios, a los creadores y a los sentidos sociales en torno a ellos mismos. Debemos desarrollar estrategias que sean consecuentes con nuestros proyectos sin repetir ejercicios que generen relaciones de subordinación simbólica.