Por Verónica Arévalo

Entre aquellos a los que nos apasionan las artes y oficios, existe un enigma cuya respuesta muy pocos conocen y guardan con gran celo. Se trata del proceso de elaboración de una cerámica perfumada que fue confeccionada desde tiempos coloniales por la orden religiosa de las Clarisas.

Las Clarisas llegan al actual territorio chileno en 1567, estableciéndose en Santiago en 1604 en el espacio en que se encuentra emplazada hoy la Biblioteca Nacional. Son la orden religiosa femenina más antigua en Chile y existe un conjunto de historias transmitidas por la memoria oral asociadas a ellas (probablemente han escuchado algunas). Sin embargo, no es tan divulgado que entre sus quehaceres se encuentra el anteriormente señalado: la fabricación de una cerámica perfumada que constituía un deleite para los sentidos.

Diego de Rosales, cronista español del siglo XVII, escribe en Historia general en el reino de Chile: Flandes Indiano: “Demas de esto se lleban al Perú grandissima cantidad de jarros y búcaros, deformas muy curiosas, muy delgados y olorosos, que pueden competir con búcaros de Portugal y de otras partes, tanto que sirven a la golosina de las mugeres, aunque los apetecen para la vista por su hermosura, los solicitan más para el apetito” [sic] (Diego de Rosales, tomo 1, p. 391).

Si bien no se nombra como autoras de estas piezas a las religiosas, la descripción coincide con estos objetos que no solo despedían un aroma, sino que también eran saborizadas y consumibles.

Su presencia y fama se mantuvieron hasta el siglo XIX, lo que se refleja en una carta de Diego Portales (la mente detrás de la Constitución conservadora de 1833) a su amigo Antonio Garfias: “Por Dios le pido que me mande dos matecitos dorados de las monjas, de aquellos olorocitos: con el campo y la soledad me he entregado al vicio, y no hay modo que al tiempo de tomar mate no me acuerde del gusto con que lo tomo en dichos matecitos. Encargue que vengan bien olorosos, para que les dure el olor bastante tiempo, y mientras les dure éste, les dura también el buen gusto; junto con los matecitos, mándeme media docena de bombillas de caña, que sean muy buenas y bonitas” (Carta de 1835).

Entonces, ¿por qué pese al éxito que tenían se dejaron de producir? Entre las causas estaría el arduo trabajo y la alta técnica requerida para realizar las piezas, pues demandan un conocimiento experto y gran dedicación. Se cree que su elaboración estaba dividida en etapas a cargo de diferentes personas, siendo tan solo una la maestra que poseía el saber completo para la creación. De acuerdo a la página Memoria chilena, la última ejecutante fue Sor María del Carmen de la Encarnación Jofré, que murió en el año 1898. Desde entonces se han realizado reinterpretaciones e investigaciones para reconstruir la receta original (algunas de las cuales se encuentran en la biblioteca del Museo de Arte Popular Americano Tomás Lagos), pero los resultados obtenidos no han sido divulgados, manteniéndose al aura de misterio en torno a este saber. Solo se ha reconocido que entre sus ingredientes se encuentran la arcilla, arena fina y caolín, además del dato sobre su cocción desarrollada a baja temperatura.

En el presente, el Museo Histórico Nacional, el Museo de Arte Popular Americano Tomás Lagos y el Museo del Carmen de Maipú poseen colecciones de estas piezas cerámicas pensadas para asombrar a la vista, el olfato y el sabor.