Verónica Arévalo Gutiérrez

Desde los años escolares nos explican que el 18 de septiembre de 1810 se realizó la Primera Junta de Gobierno en Santiago, hito que da inicio al período denominado “Independencia”. La versión más difundida de su razón de ser corresponde a la interpretación que considera que es aquí cuando se manifiesta en primera instancia el deseo por tener un gobierno propio, local, integrado por personas nacidas en este territorio y no impuestas desde la Corona española. Esta fundamentación silencia la postura que critica esta interpretación, ya que la Primera Junta lo único que habría hecho fue resguardar el gobierno mientras el rey español Fernando VII se encontraba prisionero por Napoleón Bonaparte, sin ningún proyecto concreto para ejercer una soberanía autónoma de la península permanentemente.

Al seguir avanzado en la secuencia de hechos, podemos ver que a partir de la realización de esta Primera Junta de Gobierno y las decisiones tomadas allí como la convocación de un Congreso Nacional, se abre un espacio para la visibilización y acción de un grupo de personas que efectivamente deseaban la independencia, pero eso no justifica su elección como fecha de celebración frente al – por ejemplo- 12 de febrero, día en que se recuerda la batalla de Chacabuco de 1817 (contienda cuyo triunfo se considera decisivo) o la firma de la declaración de la Independencia (como lo hace Estados Unidos para su propia fiesta patria), exactamente un año después de Chacabuco y en homenaje a aquella.

Paulina Peralta en su libro ¡Chile tiene fiesta!: el origen del 18 de septiembre (1810-1817) expone que en los comienzos republicanos, Chile tenía tres fiestas cívicas: la conmemoración temprana del 18 de septiembre, el 12 de febrero (ambas reconocidas por decreto oficial de 1821) y el 5 abril (Batalla de Maipú), ya que los tres hechos que se celebraban eran vistos como parte de una misma historia revolucionaria. Esta multiplicidad festiva habría sido cuestionada por las autoridades, quienes veían en las celebraciones la gesta de desórdenes y descontroles en la población de la época, además del gasto que implicaba sus respectivas realizaciones. Por otra parte, el exceso de días festivos disminuía los días laborales, algo que se debía corregir desde la perspectiva política que vinculaba el progreso al trabajo realizado por el pueblo.

Primero desapareció el 5 de abril como fiesta nacional en 1824. Posteriormente, en 1837, durante el período de los gobiernos conservadores se cristalizó la idea de una fiesta única, siendo seleccionado el 18 de septiembre. Su elección responde fundamentalmente a los perjuicios que traía el 12 de febrero como día festivo, pues coincidía con la estación dedicada a faenas agrícolas como las vendimias, la cosecha del trigo y la trilla, además del problema de poder coincidir con las fechas móviles de la cuaresma católica. Ante estos problemas, la coincidencia del 18 de septiembre con el mes en que llegaba la primera y el resultado de que le otorgaba más años de vida a la nación al ser esa la fecha de su nacimiento, la erigieron como la fecha ganadora.

«El 12 de febrero, auténtico día de la independencia nacional, se fue poco a poco apagando (…) la fecha de la independencia se fue trasladando para el 18 de septiembre, día que solo se conmemoraba la reunión de una supuesta “Junta de gobierno”».

Junto con estas razones económicas y políticas, también podemos realizar otras lecturas sobre la definición y control de las fiestas cívicas, herramientas de construcción de nación en el pasado y presente. En su libro Chile descentrado. Formación socio-cultural republicana y transición capitalista 1810-1910, María Angélica Illanes escribe: “El republicano ministro Portales terminó por clausurar la fiesta popular del 12 de febrero, día en que se conmemoraba el triunfo patriota sobre los realistas en el campo de batalla (…) El 12 de febrero, auténtico día de la independencia nacional, se fue poco a poco apagando (…) la fecha de la independencia se fue trasladando para el 18 de septiembre, día que solo se conmemoraba la reunión de una supuesta “Junta de gobierno”, junta que no había aspirado a la independencia sino solo a la suplencia de un rey ausente. La censura del 12 de febrero tenía ese doble e inseparable objetivo: la represión de la expansión y soberanía del pueblo como cuerpo y como ciudadanía. Se trataba de la instalación de un determinado proyecto ideológico, encerrados los cuerpos puertas adentro, silenciadas y adormecidas la libido y la naturaleza a través de los artefactos-medios de comunicación de masas (cañones y campanas) que sustituirían la presencia corporal de un pueblo, a través del canto, el baile y la embriaguez, deseaba la encarnación de su nueva soberanía” . Estas palabras nos invitan a pensar en cómo se construye nuestra memoria nacional.

Actualmente, nuestros orígenes de comunidad imaginada se encuentran ubicados en un salón de hombres de élite reunidos mientras firman papeles, en lugar de la sangre y sufrimiento vivido de familias cuyos nombres están ausentes en las páginas de los libros escolares. Así también observamos que la actual celebración tiene dos caras: una popular y otra elitista, manifestando la coexistencias y tensiones que vivimos hoy en día los chilenos.


[1] Peralta, Paulina (2007) ¡Chile tiene fiesta! El origen del 18 de septiembre (1910-1817) Santiago: LOM Pp. 47-85
 
[2] Illanes, María Angélica (2003) Chile Des-centrado: Formación socio-cultural republicana y transición capitalista 1810-1910 Santiago: LOM pp. 100- 101.