Por Maite Hernando y Javiera Naranjo

 

Durante el verano de 2016, viajamos por primera vez a Curarrehue, localidad cordillerana de la Región de la Araucanía. Curarrehue significa rewe[1] de piedra, debido a la gran cantidad de montañas nevadas que se levantan sobre el valle del río Trankura. Si bien en aquel momento investigábamos los impactos asociados a las minicentrales hidroeléctricas en Curarrehue y Panguipulli, en cada conversación que sosteníamos los habitantes del territorio nos hablaban de la importancia del agua para la crianza de animales, el riego, y la huerta. Varias de las mujeres con las que conversamos, además de ser opositoras a los proyectos minihidros, eran defensoras de sus territorios, y en particular, guardianas de las semillas nativas. Decidimos entonces, dar un giro a nuestra investigación y poner atención a las historias de las semillas nativas y las mujeres que las protegen, cultivan y multiplican.

En Curarrehue conocimos al movimiento de Las Guardianas del Territorio y en Panguipulli nos encontramos con el programa Red Huerta Mapuche desarrollado por la Asociación Futakoyagtun Coz Coz Mapu, liderada por algunos de los dirigentes del Parlamento Mapuche de Koz Koz. Ambas organizaciones se configuran como las principales opositoras al desarrollo de proyectos hidroeléctricos en territorio mapuche, reconociendo la urgencia por preservar y proteger el conocimiento ancestral, la semilla nativa, la soberanía alimentaria y la defensa de la vida[2]. Como indica Beatriz Chocori, vocera del Parlamento Mapuche de Koz Koz: “La red de economías territoriales del Walmapu que nos une de una u otra manera a Pewenche, Lafkenche, Nagtche, Williche, está Melipeuco, Galvarino, Lago Budi, Curarrehue, Panguipulli y otros lugares. Muestra que tenemos un pensamiento común, un rakizuam (pensamiento), un kimün (sabiduría) que hemos ido construyendo entre todos los que hemos ido difundiendo y trabajando para que gente mapuche y no mapuche entienda y se comprometa a que el küme mongen (buen vivir) se puede reconstruir desde el trabajo de cada uno de nosotros desde los territorios”.

La intensificación de la agricultura y silvicultura industrial, principalmente a través de monocultivos como el pinus radiata y eucalyptus spp, el desarrollo hidroeléctrico, la piscicultura, y el turismo de masas han puesto en serio riesgo la biodiversidad de varios ecosistemas, entre los que cabe mencionar a los bosques de Araucarias y a los Bosques Templados Lluviosos del sur de Chile. Junto con ello, los habitantes rurales han debido migrar a la ciudad para trabajar de forma asalariada como consecuencia de varios procesos tales como la disminución del acceso a la tierra a causa de la usurpación que se ha extendido desde fines del siglo XIX; la erosión de la tierra causada por los monocultivos; y la disminución de las aguas provocada tanto por el desarrollo de actividades industriales en los nacimientos de los ríos como por la mega sequía de la zona centro sur del país.

A raíz de lo anterior, se produce la disminución de la biodiversidad agrícola, en la poca tierra cultivable se privilegia el uso de semillas de variedades que tienen una mayor rentabilidad en el mercado, así, la ausencia de las mujeres, y la extensión del uso de este tipo de semillas ha provocado un gradual proceso de pérdida del conocimiento ecológico local. No obstante, algunas mujeres campesinas y/o indígenas continúan reproduciendo y compartiendo las semillas nativas, a través de una serie de prácticas y cuidados aprendidos de sus ancestros y que han permitido conservar no sólo las semillas, sino que también el conocimiento en torno a su cultivo en suelos volcánicos.

Por años, las mujeres han estado intercambiando semillas, pero las intercambian sólo con quienes ellas saben evitarán su desaparición y continuarán reproduciéndolas. Este cuidado afectivo en torno a la semilla se basa en la idea de que éstas no son objetos que pueden usarse sólo para beneficio humano, por el contrario, las semillas son compañeras, parientes que nos conectan con nuestras raíces, incluso más allá de los límites temporales y espaciales. Y es que ser parientes, siguiendo lo propuesto por Donna Haraway, implica la responsabilidad de mutuo cuidado entre humanos y no humanos (2010:54), lo que nos lleva a comprender el parentesco que se extiende más allá de lo sanguíneo o familiar hacia la rica diversidad ecológica sin la cual no podríamos existir. Esta relación entre personas y semillas está bien expresada por Anita Epulef, cocinera Mapuche de Curarrehue quien señala que: “la semilla es la vida misma, es un recuerdo, es una relación con la tierra, con mis amigos, con las ñañas, con los hombres que cultivan (…)”. En este sentido, las semillas son portadoras tanto de material genético como de historias y, por lo tanto, cuando se intercambian, su vida social también se comparte.

En 2011, Chile ratificó su subscripción a la última versión de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV 91, más conocida como la Ley Monsanto), compromiso adoptado por el país cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, el cual sería adoptado si Chile firmaba el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TPP-11). El UPOV-11 establece el derecho de propiedad intelectual para alentar la creación de nuevas variedades de plantas, sin embargo, los obtentores no tienen que crear una variedad vegetal, sino que la ‘descubren’, la reclaman como propia y confiscan luego la producción a quienes no les paguen los royalties que ellos exigen. De esta manera, se abre la puerta a la protección de los derechos de propiedad intelectual sobre las variedades vegetales, aunque ello no implique ninguna innovación. En consecuencia, como sostiene Braidotti: “las grandes empresas transnacionales como Monsanto han emitido patentes para certificar su propiedad de las líneas genéticas de semillas y granos, convirtiendo así estas entidades antes” naturales “en propiedad privada” (2007: 72).

Durante el Trafkintü, actividad de intercambio de productos caseros, semillas y conocimientos, realizado en Curarrehue en mayo de 2017, las Guardianas del Territorio junto a otras organizaciones sociales, escribieron una declaración pública condenando la negación del conocimiento y prácticas tradicionales que han permitido la existencia de las semillas nativas, pues a su juicio: “ si [la semilla] no ha sido vendida o no está en publicaciones oficiales “para el mundo no existe”, aunque nuestros abuelos las hayan consumido, cuidado y estudiado con su gran sabiduría, para este sistema sencillamente no existe (…) Esta forma de comprender la vida, a estas alturas, nos parece retrógrada”[3].

El sistema económico imperante va imponiendo su ritmo sobre otras formas de concebir el tiempo (Tsing, 2015: 20), ignorando los conocimientos y prácticas indígenas dentro de las políticas convencionales y las instituciones del estado (De la Cadena, 2010). No obstante, el conocimiento, difusión y revalorización del conocimiento campesino e indígena local resulta relevante en el diseño de nuevas estrategias de desarrollo basadas en principios de solidaridad y colaboración que permitan la soberanía alimentaria de los habitantes de territorios rurales, campesinos e indígenas, así como también la prevención de la pérdida de biodiversidad. En nuestra opinión, la biodiversidad biológica es inseparable de la biodiversidad cultural, pues ambas se co-construyen a partir de una serie de prácticas de existencia y cuidado que permiten su continuidad. Las personas estamos enredadas en particulares e íntimas relaciones tanto con humanos como otros no-humanos (Ingold, 2000: 71), ejemplo de ello son las curadoras de semillas quienes logran mediante consejos, observación y práctica conocer íntimamente a cada una de sus semillas, y aplicar los cuidados específicos que requieren para sentirse a gusto dentro de la huerta.


Bibliografía

Braidotti, R. (2007) Feminist epistemology after postmodernism: critiquing science, technology and globalisation. Interdisciplinary Science Reviews, Vol. 32, No. 1 The Matter of the Posthuman. In: http://www.springerin.at/dyn/heft_text.php?textid=3066&lang=en#top

De la Cadena, M. (2010). Indigenous cosmopolitics in the Andes: Conceptual reflections beyond “politics”. Cultural anthropology, 25(2), 334-370.

Haraway, D. (2010) When species met: staying with the trouble. Environmental and Planing D: Society and Space. vol. 28 (53-55)

Ingold, T. 2000. The Perception of the Environment. London and New York: Routledge.

Tsing, A. L. (2015). The mushroom at the end of the world: On the possibility of life in capitalist ruins. Princeton University Press.

[1] El rewe es un símbolo sagrado de la cultura material del pueblo mapuche que consiste en un tronco de madera de laurel tallado con peldaños que, durante las ceremonias, usualmente es rodeado de ramas de canelo, maqui y laurel. A sus pies se distintas ofrendas, mientras el o la Machi, al ritmo de su kultrún, se eleva hacia el cielo, representando la conexión de este pueblo con el cosmos.

[2] http://www.trafkintuwe.cl/programa-radial-huerta-mapuche-5-cuando-se-cosechaba-se-daba-el-tiempo-de-elegir-la-mata-para-semilla/ (Visitado el 17/01/2019)

[3] http://www.mapuexpress.org/?p=17801 (Visitado el 24/1/2019)