Nombre: Luis Rozas Valenzuela
Edad: 73 años
Oficio: Trabaja como ortopedista desde hace 52 años
Contacto: Galería Los Arcos de San Diego

Comenzamos nuestra primera travesía por Santiago en dirección al barrio Victoria, hasta ahora desconocido para los dos. Teníamos como objetivo iniciar una investigación acerca del oficio de la zapatería en la actualidad y sabíamos que Victoria ha sido conocida desde hace varias décadas como la calle de los zapateros en la capital. Ya nos faltaba poco para llegar. Una cuadra antes empezamos a ver carteles que decían «Reparadora de calzados», «Cueros, suelas, plantillas» y locales con los más diversos insumos para el diseño, elaboración o recuperación de calzados. Entonces agudizamos el ojo y comenzamos a estudiar las diferentes tiendas para decidir a cuál entraríamos a conseguir información de contactos o, en el mejor de los casos, una entrevista. Pasamos frente a una reparadora de calzado que a ambos nos llamó la atención: parecía una de esas antiguas tiendas con murallas de adobe resquebrajado y un aire que al extranjero o al investigador les parece romántico. Seguimos recorriendo toda la cuadra, definiendo qué otras posibilidades teníamos para nuestro primer acercamiento al oficio. No nos decidíamos fácilmente, porque todos parecían estar muy ocupados en su trabajo y no queríamos importunar. Había muchas tiendas que parecían convencionales, que  podrían haber estado en cualquier centro comercial, bien pintadas y con todos los zapatos ordenados en vitrinas, tal y como en los malls de Santiago. Buscábamos ver máquinas, montones de material y gente trabajando, pero esto no era lo que imperaba en la cuadra. Al rato decidimos responder —y menos mal que lo hicimos— a nuestro primer llamado instintivo y volvimos por nuestros propios pasos hacia la reparadora de calzados que tanto nos había interesado al llegar al barrio.

Un señor, que luego se presentó como Marcos, estaba sentado cosiendo en una antigua máquina a pedal de marca Singer. Le dijimos nuestros nombres y nuestras intenciones, y él nos pidió que lo esperáramos un momento. Tras algunos minutos nos invitó a pasar a su taller y le preguntamos por los diferentes aspectos de su trabajo. Nos mostró las máquinas, nos contó la razón por que comenzó en el rubro, la diferencia con quienes elaboran zapatos, el estado del negocio hoy en día y sobre el barrio en general. En un momento, mientras conversábamos, cada vez más distendidos y en confianza, entró un caballero que traía un bolso para que se lo cosieran. Don Marcos de inmediato nos dijo: «A él sí que lo tienen que entrevistar; él sí que sabe algo interesante». El caballero se presentó como don Luis Rosas Valenzuela y nos dijo que era ortopédico, es decir, que se encargaba de hacer una gran variedad de zapatos ortopédicos, para todo tipo de males, y amablemente nos entregó su tarjeta para que lo entrevistáramos otro día.

OXO ORTOPEDISTA 5

CALZADO ORTOPÉDICO
PLANTILLAS CORRECTORAS – MOLDEADAS
EN CUERO NATURAL
PIES PLANOS, VALGO, PLANO ANTERIOR
ACORTAMIENTOS, HEMIPLEJIA, EQUINO VARO
HALLAUX VALGUS (JUANETES) PIE BOT.

LUIS ROZAS VALENZUELA
San Diego 737, LOCAL 6 (LOS ARCOS DE SAN DIEGO)
CEL.: 7-9476817 – FONO: 2695 47 99 – SANTIAGO CENTRO

Tres días después volvimos a las cercanías del barrio Victoria; esta vez, y gracias a la tarjeta que nos entregaron, con un propósito bien definido. Llegamos a la esquina de Matta con San Diego y caminamos dos cuadras hacia el norte, hasta toparnos con la galería de número 737, en donde, luego de bajar unas escaleras, pudimos ver el letrero «Calzado ortopédico» del local 6 y a don Luis tras la vitrina.

Del fútbol a la ortopedia

Al entrar supimos, por la expresión de su rostro, que no nos había reconocido. Le dijimos que nos conocimos donde don Marcos y le contamos qué tipo de investigación estábamos haciendo. De inmediato nos comenzó a mostrar los zapatos en los que estaba trabajando. Nos mencionó que aquel cliente tenía pie equino varo y, por lo tanto, era necesario construirle unos zapatos con mucha mayor altura por un lado que por el otro. Preguntamos por otro de los zapatos y don Luis nos dijo que a ese debe montarle unos estribos (a los que también se les dice limitadores de caída) y que debe sujetarlos con un contrafuerte  y una correa bien apretada para enderezar el pie con la rodilla.

Como comenzamos conversando de los casos particulares en los que estaba actualmente trabajando, no logramos fijar, en un principio, una línea de desarrollo para la entrevista. Sin embargo, aprovechamos uno de los silencios que se daban entre las explicaciones para hacerle la pregunta del millón: «¿Cómo comenzó a ser ortopedista?». Don Luis se sorprendió y nos celebró la pregunta. La historia comienza en 1961, nos cuenta, cuando él tenía alrededor de veinte años y estaba trabajando como constructor, específicamente en la demolición de un antiguo edificio. Al poco tiempo quedó desempleado y con su madre se vieron en la obligación de cambiarse de casa, desde la comuna de Quinta Normal a Pudahuel. Luis lamentó la mudanza  porque tanto su polola como el club de fútbol en el que jugaba de arquero quedaban en Quinta Normal. Diariamente su madre le entregaba 500 pesos para sus gastos, que apenas le alcanzaban para un par de viajes en micro a la comuna de sus amores y una cajetilla de cigarros. Sin trabajo ni dinero, tuvo que dejar el club de fútbol pues no le alcanzaba para pagar la cancha ni la camiseta. Aún así, como ya era conocido como buen jugador en el sector, en muchas otras canchas lo dejaban jugar gratis; gracias a eso un día se encontró en un partido con el presidente de su antiguo club.
—¿Y qué está haciendo aquí? —le preguntó el presidente—.
—Terminando de jugar, po.
—Sí, pero el club está jugando por allá, te necesitamos allá.
—No, si yo ya no juego más allá, colgué los botines.
—Pero si erí el arquero del primer equipo, ¿y colgai los botines?
—Sí pues, no puedo ir a jugar.
—¿Por qué?
—Porque estoy sin trabajo y no tengo cómo pagar la entrada ni la camiseta. Lo que me da mi mamá me alcanza pa locomoción.
—Si yo te consigo trabajo, ¿volví a jugar?
—Claro po, oiga.
—Preséntate mañana y yo hablo con mi hermano.

Don Luis nos dejó en claro que los ortopedistas no enseñan, ni en ese tiempo ni hoy. A él sólo lo instruyeron en lo necesario para el trabajo, pero no le dieron más información. Fue aprendiendo por medio de la observación y comenzó a practicar haciendo zapatos para sus propios hijos.

Al día siguiente se presentó en el negocio del hermano del presidente del club, que era ortopedista. Todos ya lo conocían por los partidos de fútbol y le explicaron a grandes rasgos lo que tendría que hacer. Como demostración de compromiso, ese mismo día Luis comenzó a trabajar. Era el año 1962. Primero le enseñaron lo básico. Trabajaban mayoritariamente para el Instituto de Rehabilitación Infantil, que ahora es la Teletón, en donde uno de los principales defectos que trataban era la poliomielitis (es por esto que poner estribos era lo primordial en el trabajo). Don Luis nos dejó en claro que los ortopedistas no enseñan, ni en ese tiempo ni hoy. A él sólo lo instruyeron en lo necesario para el trabajo, pero no le dieron más información. Fue aprendiendo por medio de la observación y comenzó a practicar haciendo zapatos para sus propios hijos. Encantado con el oficio y sus conocimientos, un día le pidió a su jefe que le enseñara a sacar un modelo, a lo que le respondió con un tajante no. La razón era que, de aprender, después les podía empezar a quitar el trabajo. Don Luis contrargumentó diciendo que algún día a él le gustaría montar un negocio propio, hacerse independiente, y que «ya le quedaba poco en la cañuela», refiriéndose a los pocos años que le restaban como dependiente de ese local, pues ya era mayor. Si él aprendía, sería una forma de transmitir los conocimientos. Así terminó por convencer a su jefe, y éste accedió a enseñarle a tomar muestras y modelos.

Comienza su independencia

Trece años después, en el año 1975, se retiró del negocio de su primer patrón, el hermano del jefe del club, y se fue a trabajar desde su hogar para una casa comercial ubicada en Marcoleta. Don Luis cuenta que trabajar ahí fue una mala experiencia, pues si bien sus plantillas comenzaron a tener éxito y por medio de la casa comercial le empezaron a llegar bastantes encargos (en ese tiempo llegaba a fabricar desde quince a veintidós pares de plantillas diarias), su patrona se hizo mucho dinero a costa de su trabajo. Por un par de zapatos que él le vendía a la señora a diez mil pesos, ella los revendía luego a veinte mil, y sólo haciendo de intermediaria. «En vista de la necesidad a veces uno termina haciendo malos tratos», concluye don Luis.

A partir de esa experiencia, y con un sabor agridulce debido a ciertos encontrones y malos entendidos, consideró que al final la señora le hizo un favor: la insatisfacción lo hizo querer cada vez más ser independiente, por lo que comenzó a preocuparse, a leer los manuales y libros que tenía, a estudiar y practicar con lo que pudiese, a decidirse incluso a fabricar cosas que nunca antes había hecho. Así, con todo el aprendizaje y las técnicas que fue desarrollando, decidió por fin, en el año 1982, iniciar su propio negocio. Primero comenzó a arrendar un local en la Galería Sur, cerca de San Diego, en el cual se mantuvo por dieciséis años; luego se mudó al local 6 de la Galería Los Arcos de San Diego en la que lleva, hasta el día de hoy, diecisiete años trabajando.

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Cómo trabaja un ortopedista
La manera de trabajar de Luis es muy particular e independiente, pues no se asocia con doctores ni sigue sus prescripciones si no le parecen correctas. No trabaja con ellos porque tendría que pagarles comisión y, además, «ellos ganan plata pal mundo»,  dice el ortopedista. «Yo acá no le cobro consulta a la gente y los atiendo igual sin receta».

Cómo confecciona cada calzado
Se toma el tiempo de revisar a cada uno de sus pacientes.

Respeta la forma anatómica del pie y hace los zapatos a medida, tomando en cuenta las especificidades de cada uno: si tienen juanetes, la manera en la que se posicionan los dedos, si son anchos o delgados; todo lo hace fijándose en los detalles.

Para lograr la forma exacta, trabaja las hormas con corcho, va pegando con Agorex cada una de las planchas a la horma hasta lograr el porte adecuado, el que luego moldea meticulosamente.

Nos muestra cómo corta el modelo del zapato con una escofina que él mismo fabricó; maneja con destreza la herramienta y sabe ir cortando fácilmente la forma.

Su cuchillo lo fabricó con «acero rápido templado», de sierras quebradas que consigue; con un esmeril las rebaja y luego les saca filo. Dice que es un secreto, eso no se lo enseñaron, lo aprendió con la práctica.

Las plantillas las trabaja con lefa, que está hecha con todos los sobrantes de la suela y el cuero. Para fabricarlas a medida, el ortopedista hace las pedigrafías en la tienda. Son impresiones de la planta del pie, similares a las huellas digitales, que sirven para ver en qué parte se carga más o menos el peso; eso permite distinguir en qué puntos tiene que ensancharse o adelgazarse la plantilla para corregir la pisada.

Vemos los papeles con los dibujos de los pies que corresponden a cada zapato que está amoldando. En ellos aparece el contorno del pie y la descripción que hace Luis de su forma y sus particularidades, todo escrito a mano y con lápiz pasta. También nos cuenta que él marca las costuras y que la aparadora cose (se refiere a la persona que realiza las costuras de los zapatos con una máquina de coser especial). Normalmente en la tarde se pone a trabajar, porque en la mañana llega más gente. Antes del anochecer comienza a cortar las plantillas hasta las 9 o 9:30 PM; es ahí cuando más le «cunde», aunque a veces se lleva varios pares de plantillas a la casa para terminar de cortarlas durante la noche.

Ahora don Luis trabaja solo. En un momento trabajó con su hijo, que le hacía las plantillas, pero nos dijo que los jóvenes de hoy prefieren otros tipos de trabajo. Tomó otra persona, pero, según nos comentó, era flojo: «Toda la gente quiere ganar plata, nomás», así que tuvo que continuar con el oficio por su cuenta.

Cuando le preguntamos sobre el tiempo que debe dedicar a cada zapato, nos respondió que en una tarde podría hacer hasta tres pares de zapatos.

El proceso del zapato

· En el día puede dejar sacado el modelo.
· Lo corta al día siguiente.
· Luego lo lleva al aparador.
· Al otro día el aparador lo entrega.
· Prepara la horma.
· Llega el corte.
· Luis se sienta y lo arma en una hora y media.
· A la mañana siguiente lo tiene ensuelando y lo saca de la horma para terminarlo.

Como tiene muchos pedidos, el tiempo que demora en tener listos tres pares de zapatos es más que una tarde. Nos dice que generalmente entrega los zapatos una semana después de que se los han encargado, porque además tiene que cumplir con los pedidos en orden de llegada; se nota que en esto es muy correcto, no hay prioridades especiales.

Al contrario de quien trabaja en una casa ortopédica, don Luis conoce cada paso para hacer un zapato. Él realiza todo el proceso, desde tomar las medidas hasta el resultado final: «En las casas ortopédicas, este zapato pasa por ocho manos; cada uno hace una parte». Aquí está el valor de su trabajo, en su conocimiento y el aprendizaje que ha conseguido a lo largo de los años.

Satisfacción con su oficio

Cuando le preguntamos si le gusta lo que hace, respondió: «Por eso lo aprendí, porque me gustó». Lo que más le fascina de su trabajo es «hacer andar la gente como corresponde; esa es la función, corregir el defecto que tengan y dejarlos normalmente». También nos contó algunas historias de pacientes que salen caminando de la consulta sorprendidos por no tener que arquearse al andar: el momento en que ellos descubren que pueden caminar derechos, sin problemas, parece ser la satisfacción de Luis. Y en cuanto a lo monetario, también dijo estar satisfecho, pues siendo ortopedista pudo criar a cuatro hijos, ya tiene nueve nietos y un bisnieto; está conforme con lo que ha podido lograr teniendo este oficio.

Conversando acerca del gusto por su trabajo, el ortopedista nos confesó que lo que él quiere ahora es transmitir su oficio: «Yo le mandé un recado a la alcaldesa de aquí, a la Tohá, vinieron a pagarme un presupuesto de un zapato que lo pagó la municipalidad, el niño que vino a pagar se interesó y le dije que a mí lo que me gustaría es que la gente que me está preguntando, mis clientes, supieran que va a haber alguien después de mí, porque todos los ortopedistas se están terminando». Entonces, Luis le mandó recado a la alcaldesa para que hiciera un estudio sobre toda la gente que trabaja como ortopedista y, de este modo, poder recopilar información acerca de las técnicas de los maestros que saben trabajar en este oficio. «Y yo le pido nomás que ponga un local, porque la municipalidad tiene mucha plata, que lo acomode con herramientas y materiales, que busque gente que quiera aprender y yo enseño todo lo que sé. Si me dan un sueldo, yo le trabajo tres días a la semana». Lo pidió hace ya muchos meses y no ha tenido respuesta. Finalmente nos dijo, como un señor que ha pasado gran parte de su vida dedicada al oficio: «El anhelo mío es enseñar lo que sé».

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Sus clientes

Don Luis tiene clientes en todo Chile. Durante los años que lleva trabajando ha atendido a muchas personas, cada una ha representado un caso distinto por atender (algunos han sido verdaderos desafíos) y varias se han convertido en clientes frecuentes. Este es el caso de una venezolana que viaja a tomarse las medidas y después manda a hacer los zapatos depositándole en su cuenta del banco. «Tengo una señora que es de Venezuela, tiene seis cm más corto un pié,  tiene noventa y siete años, todavía camina, le hice los zapatos, el año siguiente mandó a los nietos por un par y luego otra vez otro par. Ahora ya no viene ella, manda a los nietos».

Casi todos sus clientes llegan por el «boca a boca». Además, en general, le mandan a hacer a él todos sus zapatos, por eso cada cierto tiempo la misma persona encarga un par y a veces hay algunos que encargan tres de una vez. Don Luis nos comenta entre risas que parece que están siendo precavidos ante la posibilidad de quedarse sin su ortopedista, que ya entró en la tercera edad.

Don Luis ha solucionado diversos problemas de pisada usando su creatividad y combinando sus conocimientos con improvisaciones que, al parecer, han funcionado bastante bien. Para ayudarse en cada proceso, tiene varios libros sobre distintos problemas ortopédicos.

Para poder responder a las necesidades de cada persona, nos cuenta, «hay muchas cosas que yo he inventado, que les he buscado el ajuste; cómo puedo corregir esto, cómo puedo arreglar esto otro. Me decidí a hacerlo y me ha dado resultado». Como ejemplo, menciona la historia de una niña con pies zambos para la que una vez tuvo que hacer unos zapatos. Al principio del proceso los médicos le prohibieron que la llevara al local, porque ellos le iban a poner yeso o placas metálicas. «Ese es un caso que tengo yo y que no se me va a olvidar nunca. A ellos no les convenía que yo hiciera el tratamiento porque nadie lo había hecho». De la misma manera, este ortopedista ha solucionado diversos problemas de pisada usando su creatividad y combinando sus conocimientos con improvisaciones que, al parecer, han funcionado bastante bien. Para ayudarse en cada proceso, Luis tiene varios libros sobre distintos problemas ortopédicos que nos fue mostrando mientras nos hablaba de los distintos casos que ha tenido que resolver: «Llevo 52 años en esto, he visto de todo».

Finalmente, luego de tantas historias y gracias a la buena disposición de Luis Rozas para responder a nuestras preguntas, nos quedamos con una impresión bastante romántica de este oficio, de cómo se puede llegar a ser un especialista después de tantos años de trabajo y cómo el hecho de trabajar con las manos y directamente con las personas puede dar mucha satisfacción a un trabajador. Aunque esta visión también tiene sus reveses, y es que Luis es una persona que ya tiene edad y no ha tenido la ocasión de compartir ni discutir sus saberes con personas más jóvenes o, simplemente, otras personas dedicadas a este oficio. Tampoco ha tenido compañía en sus días de trabajo ni personas que lo ayuden a transmitir sus conocimientos. Sin embargo, vemos la posibilidad de ayudarlo a ampliar su potencial y, ojalá, lograr que pueda enseñar todo lo que sabe y compartir con más personas interesadas en este oficio tan bello como necesario.