Por Javiera Naranjo

Este viaje nos pilló con las emociones a flor de piel, es difícil explicar después de lo vivido todo lo que nos pasó, sentimos y observamos. México es un país situado en un territorio inmenso, donde vive una diversidad de culturas que, a contrapelo de la oficial, se manifiestan con una creatividad sorprendente. Eso seguramente lo han leído ya antes, y los que han tenido la posibilidad de visitarlo, lo han sentido. Son más de sesenta lenguas las que aún se hablan de manera cotidiana en el territorio, resulta inimaginable la infinitud de mundos y perspectivas de vida que eso significa, nuestras cabezas se aturden al intentar abarcar y dimensionar esa inmensidad.

Juana es devota de la Virgen de Guadalupe, así que lo primero que hicimos al pisar suelo mexicano fue tomar el metro a la Basílica. Mientras estábamos ahí no podía dejar de reírme de mí: estatuas, miles de creyentes, merchandising religioso, y yo, una atea fanática en medio de tanta santidad. Me alegraba sentir la bonita relación que hemos construido con Juana, donde el respeto y el afecto permiten que ambas podamos dialogar libremente desde trincheras tan distintas. Y bueno, como nunca está demás prender una velita a los muertos, nos encomendamos a la patrona de América para continuar.

Los días pasaron rápido, siento que durante la semana que estuvimos logramos organizar y realizar un verdadero viaje de estudios, concentrarnos en un tema e intentar sacarle la vuelta, observar el trabajo de varios núcleos alfareros a través de las hermosas colecciones que tienen los museos y, a la vez, poder observar algunas experiencias en los talleres mismos de los artesanos. Estuvimos en las localidades de Puebla y Tlayacapán, dos lugares muy distintos entre sí, que nos mostraron la seriedad y dedicación con la que se trabaja el barro. Durante estas semanas que vienen estaremos compartiendo dos pequeños registros audiovisuales que mostrarán en detalle lo que pudimos ver en ambos pueblos. Para que lxs que están interesadxs, ¡estén atentxs! (Youtube)

La presentación del libro la hicimos en el Museo de Arte Popular de Ciudad de México, institución seria que hace un trabajo minucioso con respecto a los oficios que se realizan en México. De la mano de su director Walther Boelsterly, visitamos cada una de las hermosas salas del museo, nos explicó cada detalle de las piezas, su historia y procedencia. Nos sentimos profundamente afortunadas de contar con tal aliado, la presentación del libro salió bonita, muy acogedora, a pesar del diluvio que había en las calles producto de una temporada de lluvias que no nos quiso abandonar durante toda nuestra estadía en Ciudad de México.

A lxs valientes y entusiastas participantes que lograron llegar hasta el museo ese día, antes de comenzar nuestra presentación, los invitamos a jugar con nosotras. Metieron las manos en la greda y, guiados por Juana, fueron modelando un tradicional chanchito de Pomaire. Al hacer este ejercicio corporal pensamos que cuando participa la mano y la mente existe un entendimiento del oficio que traspasa cualquier palabra que podamos decir al respecto. Resultó un éxito la experiencia, lxs participantes quedaron sonrientes y entusiasmados con nuestra alfarería. Luego pasamos a las explicaciones formales, de cómo hicimos el libro, cómo organizamos nuestro trabajo y sobre la historia de Pomaire y la familia Mendoza Pailamilla.

Agradecemos a lxs participantes. Como les dijimos ese día, quizás para ellos la presentación fue un momento más de su semana, pero para nosotras significó un hito en nuestras historias personales y compartidas, mostrar el trabajo alfarero de Pomaire en suelo azteca representa no tan solo compartir nuestra historia como autoras, sino que compartir el saber y una práctica de todo un pueblo alfarero, de toda una historia alfarera mapuche que el tiempo ha arraigado en territorio pomairino y de donde han brotado importantes exponentes del oficio como lo es Juana Mendoza. Estoy segura de que su paso por México significará un antes y después en su imaginario, fue un diálogo continuo con impresionantes trabajos en greda los que se impregnaron de manera indisolubles en su memoria.

Por último, es preciso agradecer a la hermosa familia que nos cobijó durante nuestra estadía, llenándonos de mimos y buenas conversaciones. Llegar después de nuestras jornadas de trabajo a su guarida nos permitió encontrar un espacio donde realizar profundas reflexiones sobre nuestro quehacer y posición en el planeta, sabemos que llegamos ahí porque teníamos que estar ahí, y esperamos más temprano que tarde volver a sus abrazos y palabras, que también constituyeron parte importante y fundamental de nuestra experiencia en aquel país.

Compartir todo esto al lado de una maestra en su oficio es una experiencia invaluable, me siento profundamente afortunada de poder estar tan próxima a las inquietudes y pensamientos que iban surgiendo en Juana. A ratos era capaz de advertir cómo su cerebro y corazón explotaban de emoción con tan hermosas piezas que pudimos observar, al mirar cada detalle del modelado, la quema y el pulido de las piezas, me iba explicando sus teorías de cómo cree que lo pudieron hacer. Así se nos pasaron los días, ampliando nuestros imaginarios, haciendo real lo que pensamos es el trabajo en torno a los oficios, el que permite diálogos, viajes, intercambios, encuentros y experiencias compartidas. Es bonito ver con distancia cómo los sueños se proyectan y encaminan para tomar cuerpo, y no dejo de pensar en aquellas primeras visitas que le hice a Juana en Pomaire por ahí por el 2012, cuando fantaseábamos con las manos metidas en la greda que, con todo lo que estábamos registrando, algún día llegaríamos a México.